EL JUICIO FINAL

Por: S.C. Ruiz

El infame doctor, encerrado entre sus desteñidos pensamientos, oscurecido por su locura; lloro lagrimas de mercurio cuando aquella noche no vio más su reflejo en el espejo. Desvanecido e imperceptible se había vuelto, viendo sus manos grisáceas y ajadas por el tiempo, corrió a lo más alto de la torre de su castillo y conjuro el mal. Reto al mal, que en forma de rayo y truenos irrumpió la neblinosa noche, la lluvia se torno vendaval y entonces de entre la espesura se escucho una voz que solo él podía escuchar.


Atormentado por una risa espectral que no tenía lugar o procedencia, gritaba desahuciado – ¡Basta! Fuera de mi ¡Aléjate Demonio! -, entonces el silencio se hizo y la lluvia solo se escuchaba, como un suspiro, lejana y casi que desconocida. De rodillas ante la luna y con el rostro manchado por sus lagrimas suplico a la luna – Toda mi vida rogué por salvación, nunca dude de la bondad del alma y ahora, que todo he perdido, como hombre que soy; falle, por encima de todos y de mi propio ser, desee la muerte, la destrucción y la sangre -. Burlándose del hombre de ciencia, como una humareda y de largas manos, con una faz oscura como la brea y de ojos color carmesí, solo reía; sin expresión o rostro alguno. El frío inundo los huesos del hombre postrado en la terraza abierta, el bosque crujió entonces, ceso la lluvia y no hubo más que quietud.


Volteándole a ver y con odio en sus ojos le grito nuevamente que se fuera, que le dejará, – No soy yo quien llora, no soy yo quien alardea de su fuerza para enfrentar lo inevitable, no soy yo quien debería temer -; señalándolo con sus manos cubiertas de una suerte de armadura plateada brillante. – Soy lo que soy, uno con todos y para todos; sin distinciones o principios, sin sueños o deseos, sin normas o moral. Yo soy equilibrio entre todos, yo soy mortalidad -, abriéndose de manos y dejando ver entre su humareda la naturaleza impávida de los hombres, entre sus guerras y traiciones, entre sus muertos y sus vivos. – Víctor es mi nombre y mi oficio fue dar esperanza, fue proteger la vida; ahora que lo he perdido todo, también tú, en lo alto, en los cielos, en tu olimpo amarillo, me has abandonado y envías a la mayor de tus huestes a destruirme -.


Ajado y con las ropas empapadas, de sus manos salieron gotas de sangre, como si nacieran de ellas; mientras la sombra se burlaba, acercándose al hombre en llantos. – ¿Quién ha perdido la razón? ¿Quién ha maldecido su propia vida? ¿Quién ha preferido la muerte por sobre la vida? ¿Quién tiene las manos manchadas de sangre?, no es otra más quien hoy jugo con poderes más allá de lo comprensible -, tomando su cabeza, acariciándola como se acaricia a un recién nacido, le miro con sus ojos carmesí y en ellos el hombre vio reflejada su vida. Vio su odio, ambición, destrucción; como todo lo que tocaba perecía y era transformado en bestia. Como reto a la vida misma y aquella luz noctambula que hoy era la única que le alumbraba, olvidando su humanidad y la de sus víctimas.

Un hombre de grandes ropajes y de apellido noble, de lujos y de palacios, de veneraciones y reconocimiento; con sus finas telas de lino y sus sombreros de tapa. En la vieja Bohemia se hizo grande y en la misma Bohemia desprestigio a los muertos de su descanso y a los heridos de su vida para saciar su sed de poder, su sed de inmortalidad; huyo a la tierra de los bretones pensando que escaparía de la ley divina, pero no es así, jamás sería así. – Los hombres no saben lo que son, yo si se lo que son, yo que puedo dar la vida eterna, que puedo encontrar la cura a todas las imperfecciones; soy castigado por retar la naturaleza -; se levanto y mirando al ser espectral le grito con odio y resentimiento, con vehemencia lo señalo y sin dudarlo, – Tú, ser del inframundo, que me juzgas y llamas a comparecer ante ti, como un tribunal viviente; eres la prole desprestigiada del ser en los cielos que a nosotros los hombres nos quitó la vida eterna y a ti el privilegio de ser bello, como de ser lo que desees -.

Tú, no eres más que todo lo que yo soy y ello te llevara a la muerte, porque lo que anhelas, es lo que mi naturaleza reclama

De dolor grito, de pánico sollozo, la oscuridad fue absoluta y sus manos ya no sintió; postrado en el suelo, intento moverse sin conseguirlo y su único consuelo fue quedarse desprovisto de todo aquello que le permitía seguir. Cortándose las manos y sacándose los ojos, para no ver lo que había creado, aquellas bestias que conjuro. Todo el mal que engendro, en un castillo olvidado, entre telarañas y recovecos. Sepultado se encontraría, hasta que sus propios hijos lo volvieran a necesitar y entonces sus restos hallarían, para las llamas de la muerte romper y las de la vida violar…

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