Por: Annie Smith

Hay silencios que duelen más que cualquier palabra. Frases que nunca salieron de nuestros labios, pero que quedaron flotando, incrustadas en el alma como un eco que nunca se apaga. Nos enseñaron a callar para no molestar, a tragarnos las emociones porque «el tiempo lo cura todo», pero nadie nos advirtió que lo que callamos se vuelve un nudo en la garganta, una sombra en el pecho que pesa cada día un poco más. ¿Cuántas veces has querido decir «te quiero» y el miedo te paralizó? ¿Cuántas veces un «perdóname» se quedó atrapado entre el orgullo y la inseguridad? ¿Cuántas veces necesitaste gritar «me duele», pero preferiste fingir que estabas bien? Esos silencios pesan, se acumulan, se convierten en barreras invisibles que nos separan de lo que realmente queremos y de quienes realmente somos.
Jean-Paul Sartre lo dijo claro: «Lo importante no es lo que han hecho de nosotros, sino lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros». Nos han enseñado a esconder nuestras emociones, a pensar que callar es sinónimo de fortaleza, cuando en realidad es una forma de perdernos a nosotros mismos. Pero el silencio también es un ladrón. Nos roba momentos irrepetibles, nos arrebata despedidas que nunca tuvimos y nos deja con el remordimiento de lo que pudo ser.
Vivimos con la ilusión de que siempre habrá otra oportunidad, que la vida nos dará el tiempo suficiente para decir lo que sentimos. Sin embargo, la realidad es otra: el mañana no está garantizado. Las personas se van, las situaciones cambian y a veces lo que hoy puedes decir, mañana ya no tendrá sentido. La vida no espera. Las oportunidades de hablar, de sentir, de sanar, son fugaces. No siempre tendrás otra ocasión para decir lo que sientes, y a veces, cuando por fin encuentras el valor, ya es demasiado tarde.
Marco Aurelio lo resumió con una frase brutalmente cierta: «Piensa en lo mucho que pierdes por miedo a perder». Entonces, ¿por qué seguir guardando lo que nos pesa? ¿Por qué seguir dejando que el miedo dicte lo que callamos? No se trata de hablar sin pensar ni de soltar palabras al aire sin sentido. Se trata de reconocer cuándo es momento de hablar, de soltar lo que llevamos dentro antes de que se convierta en una carga que nos consuma.
Carl Jung tenía razón al decir: «Lo que no enfrentamos en nuestro interior, tarde o temprano se convierte en nuestro destino». Lo no dicho no desaparece, se transforma en insomnio, en ansiedad, en un peso que cargamos día tras día sin darnos cuenta. Nos hacemos prisioneros de nuestras propias palabras no pronunciadas, y cuanto más tiempo pasa, más difícil se vuelve liberarnos de ellas.
¿Y si hoy decides cambiar eso? ¿Y si hoy eliges hablar desde el corazón, sin miedo al rechazo, sin temor al juicio? Quizás la respuesta no sea la que esperas, pero al menos te habrás liberado de esa carga invisible que has llevado por tanto tiempo. Hablar no es solo comunicar, es sanar, es permitirnos ser libres de verdad.
No esperes a que sea demasiado tarde. Dile a esa persona que la quieres. Pide perdón si lo sientes en el alma. Defiende lo que te quema por dentro. Expresa lo que llevas en el pecho antes de que se convierta en una herida que nunca cierre. Porque al final, lo que más pesa no es lo que dijimos… sino todo lo que nos quedamos guardando.

Sobre el autor:







Deja un comentario