Por: Nerio Luis Mejía.

Escribir no es un oficio solo reservado para los académicos. Es un espacio universal, donde se le da riendas sueltas al pensamiento y se deja escapar un suspiro en medio del silencio que se necesita para convertir los sentimientos en letras. En medio de la montaña, lugar al que he pertenecido siempre, donde discurren las ideas, muy semejante a los ríos y quebradas que se deslizan en medio del bosque, dan vida al escritor de vereda que esculpe en una hoja de cuaderno la obra de su imaginación. Soy la voz que rompe el silencio, el que desgarra la cortina de la indiferencia y el grito que jamás se silencia en medio de la montaña. Soy el escritor que aún se despierta con el cantar de los gallos y el mismo que, con olor a humo de maderas ardientes, comienza su día. Las letras son mi armadura, y mi pregonera voz será la lanza desenfundada que defenderá siempre la verdad de mi pueblo campesino.
Desde mi humilde rancho, construido con tablas retorcidas y láminas oxidadas, por donde se escapa la luz que vigila y anuncia la llegada de la aurora, la que me avisa el comienzo del nuevo día, siembro, denuncio, pero también escribo. Soy la víctima que no escogió el silencio para protegerse, a pesar de escribir con el alma y los sentimientos de un hombre herido. Jamás acudo a la lástima en señal de dolor. Mis escritos no nacen desde la comodidad en una oficina; lo hago desde la dificultad de la montaña, donde me enfrento a los sedientos insectos, a la repentina lluvia y a la inesperada brisa que me obliga por un instante a detener el pensamiento. A pesar de todo esto, tengo lo que jamás encontraré en la bulliciosa ciudad: aquí disfruto del baile de las mariposas, del canto y vuelo de los pájaros, el suave sonido de la quebrada y los árboles mecidos por el viento, que se entrelazan en una danza del verde bosque que suspira al ritmo de la tierra, la misma que da vida a mi inspiración campesina.
Cada letra, cada punto y cada tilde no obedecen a las reglas que determina la academia; son el producto de la rebeldía que se mezcla con la sinfonía nativa, las que le dan vida a una clase de expresión que involucra los sentidos naturales. Mis letras no yacen muertas en un trozo de papel; cobran vida ante la imaginación de un escritor de montaña que usa la pluma para esculpir la realidad de un país agrario, pero que paradójicamente invisibiliza al habitante rural. Soy la voz que protesta ante el olvido, el campesino que propone a través de su trabajo, el escritor de montaña que grita ante el silencio de un Estado indiferente frente al clamor de un pueblo acorralado por la violencia.
El cielo para mí siempre será azul; mis noches brillarán al calor de las estrellas; mi paz jamás me la volverán a arrebatar quienes asesinan e intimidan la verdad. Soy el periodista sin títulos, el cronista que narra la tragedia de su pueblo, el que también levantó y contó a sus muertos, el que no busca fama ni dinero; solo persigo la tranquilidad de los que vivimos en la Colombia profunda, el que convive con los pájaros en medio del bullicioso silencio que ofrece la hermosa montaña; la voz que convierte la resistencia en letras; el que pretende, a través de la palabra, convertir el sufrimiento de su gente en la memoria de una sociedad que se niega a ser sepultada en el olvido.
Sobre el autor:
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