Por: Annie Smith


“El anciano de los días” (1794) – William Blake
¿Cuánto tiempo puede uno caminar sin rumbo antes de desaparecer del todo?
Esa pregunta me quedó retumbando en la cabeza por un buen rato, hasta que un gran amigo, con esa sabiduría que solo nace del dolor y la experiencia, me ayudó a encontrarle sentido. Me dijo algo que me dejó meditando: «El que vaga sin rumbo lo perdió todo, puesto que ya no cree ni en sí mismo y de paso ya se murió internamente». Y, la verdad, no pude evitar pensar en cuánta razón tenía. A veces, la vida te lleva a un punto donde ya no sabes quién eres, ni a dónde vas, y la sensación de estar flotando en la nada se vuelve tu nueva normalidad.
Pero aquí es donde mi propia experiencia me dice otra cosa. Porque incluso cuando sientes que te has desvanecido por completo, cuando parece que todo lo que eras ya no existe, hay algo que nunca desaparece: una chispa. Puede parecer pequeña, casi imperceptible, pero sigue ahí, esperando a que le des aire, a que le permitas convertirse en fuego. Y es en ese momento cuando te das cuenta de que no estás perdido del todo, que aún puedes levantarte y reconstruirte.
Lo dijo Friedrich Nietzsche: «Aquello que no me mata, me hace más fuerte». Y vaya que tiene razón. A veces, perderse es necesario para renacer con más fuerza, para dejar atrás lo que ya no nos pertenece y escribir una historia completamente nueva.
No importa cuán oscuro parezca el camino, ni cuánto hayamos vagado sin rumbo. Mientras exista esa chispa, siempre habrá una posibilidad de renacer. Marco Aurelio lo dijo claro: «La felicidad de tu vida depende de la calidad de tus pensamientos». Si en lugar de enfocarnos en la pérdida, en la desesperanza, nos concentramos en esa pequeña posibilidad de reconstruirnos, el fuego volverá a encenderse.
Porque tal vez, desaparecer no sea el fin, sino el principio. Tal vez haya que tocar fondo para entender que, entre las cenizas de lo que fuimos, se esconde la oportunidad de empezar de nuevo. Como bien dijo Carl Jung: «No podemos cambiar nada hasta que lo aceptamos. La condena no libera, solo la aceptación lo hace». Aceptar que hemos caído, que nos hemos perdido, es el primer paso para volver a encontrarnos.
Todo está en la voluntad. En decidir si dejamos que la chispa se apague o si la convertimos en una hoguera que ilumine nuestro nuevo camino. Porque, sin importar cuánto hayamos vagado, sin importar cuánto hayamos perdido, siempre podemos comenzar de nuevo. Siempre podemos renacer.
Sobre el autor:







Deja un comentario