Por: S.C. Ruiz

Determinado a mantenerme pensativo, el mundo trae recuerdos, vividos momentos que se encarnan en el pensamiento; olores, parajes, melodías, nombres, sabores, tactos, sonidos, frases, discos, flores, versos… ¿Qué más y qué menos? Tanto que afuera se mantiene en movimiento, yendo y viniendo, transformándose continuamente, y, aun así, coincidencialmente, por designios de la divina providencia, se generan copias casi exactas que pueden ser lo que antaño fueron. Entonces es imposible no conmoverse, no dejarse tocar por el recuerdo, la nostalgia.
Como el haber estado tantos años en una gran ciudad, viviendo un sueño a medias; entre tantas y muy pocas, que pueden ser todas y, a la vez, nada. Porque para la necesidad de unos, es el desvelo de otros. Pero es lo que tiene que ser, un estudiante alejado de su familia, que llega a un paraje citadino atosigado de buses, humo, carros, cigarrillos, frío, extraños, calles, lluvia y soledad. Pero es un sueño, se persigue todo por un sueño, se debe seguir soñando, no hay ideal que no sea necesario ni ideal que no sea, en algún momento, un motivo, por más estúpido que parezca o inteligente que aparente ser.
Entre paredes blancas heladas, charlas sin sentido, amigos traicioneros, tragos amargos, encuentros mundanos, besos superfluos y amores incompletos; entre maestros sabios y sabios vacíos -sin entenderles, sin comprenderles, aun teniendo el poder de conocer, como de saber-, entre compañeros que son rostros ajenos, yo, que solo soy un extraño, tampoco puedo verme y saber si me reconozco en el espejo.
Noches que fueron solo noches, viendo un techo hacerse estrellas, pero que se vieron tan lejanas, que no me atraparon con su luz más que para recordarme que era tarde, siempre lo era, en todo momento y en cada instante. Llegando a clases, tomando el bus, declarando mi amor, encontrando el libro indicado, entregando los trabajos, componiendo la melodía exacta, escribiendo el mensaje oportuno; diciendo sin poder hacerlo, pues cuando debía ser, ya no podía serlo.
Entonces, el olvido es casi lo único existente, pues se olvida el ayer, cuando el presente es tan agobiante -no hay espacio para pensar en nada más, la tragedia abraza sin contemplación y borra todo indicio de felicidad, incluida aquella que reposa en el pasado-, que queda disperso entre un sillón, la cocina, la habitación y una canción que se repetía, viendo una calle desierta en la capital, siendo parte de la mejor universidad, siendo un gran estudiante, siendo un gran ejemplo, un joven brillante, una mente ilustre, un prominente pensador; nada era, menos yo.
La resignación, por arte de la fe en erratas, no puede ser más desprestigiada, más aún cuando se necesita un empujón, un bote salvavidas, la palabra correcta, el abrazo acogedor. Siendo apocalíptico el destino incierto de un perdido, de un hombre cansado, de un meditabundo consternado.
Pues ser un gran ejemplo, en gran medida, es aceptar; aceptar es ser un molde, un molde es un gesto militar de perfección y sumisión; pues se tiene que luchar en ocasiones, esas luchas, cuando se llevan solas, se hacen eternas y determinan aún más olvido. Ya no se es ejemplo, molde; no se es más que una paria.
Es entonces donde nada es lo que parece, en especial, la resignación; pero no del perdedor, sino del caballero que, cansado de batallar, deja su espada en la arena y, quitándose el yelmo, determina su mirada al horizonte, no para matar a la bestia, sino para entregarse a la eternidad de la noche y la mañana.
Dejando que todo tenga que ser, por lo que su naturaleza clama. Ese era yo, si es que, en medio de esta suerte de acertijos absurdos, en donde no se intenta más que entremezclar la realidad con la verdad, se puede hacer ver un alma, un espíritu, un ser. Resignado, el soldado entrega su arma, se retira del campo de batalla, deja su uniforme y, cansado de la guerra que vive en soledad, entre las trincheras y la nauseabunda muerte; cuando ya no es más que imposible vivir, recuerda, en medio de la muerte, una película automática que le revela, por última vez, todo su tiempo de vida.
Recuerda, con lágrimas en los ojos, recuerda y revive, sobrevive en un suspiro último. Regresa a casa, vuelve a brazos de aquellos que le aman. Yo sentí el calor de mi hogar nuevamente, pero no solo porque lo pude recordar, aun cuando dicho recuerdo me ensanchó el pecho y me hizo recobrar medidamente la vida. Fue aquel medio día, llegando nuevamente a mi hogar, lleno de felicidad, por primera vez en largos meses, en que el olor de los frijoles hechos de manos de mi madre golpeó mi nariz, que no resistió sentirse conmovida por este placer.
Ocultándome en mi cuarto, sentí las sábanas con mis manos, vi las paredes y, oliendo con hambre el arroz, los frijoles y el guiso, escuchando a mi papá echar chistes de todos los que pasan por el frente y a mi hermano reírse de todo lo que suelta el viejo, a mi hermana revoloteando con sus preguntas y a mi madre, que solo sonríe mientras cocina, supe que no había perdido, pero lloraba, sintiéndome ganador, luego de tanto. Solo eran una frijolada, pero me salvó y jamás pude olvidarlo, que un almuerzo en mi hogar me había hecho vivir de nuevo.



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