No tienen nombre: a duras penas un número ahora define su existencia. No tienen patria. La que otrora los adoptó y abrazaron su soberanía ahora los expulsa de su territorio, y en la que nacieron los mira como extranjeros, casi con pena y desdén al mismo tiempo. Vuelven humillados, con lágrimas en los ojos y fragmentos de sueños rotos enterrados entre la maleta y el corazón (justo ahí, donde más duele). ¿A donde irán ahora, que para su hogar son extraños y el que construyeron en tierra ajena se disolvió en la diáspora forzada? ¿Quién escuchará sus historias si sus labios y los de sus hijos ahora hablan una lengua distinta a la que entreteje sus almas desde el vientre de sus madres? Humillados, inciertos, con las manos maltrechas y vacías, ciudadanos de todas y de ninguna parte vuelven arrastrando el peso de sus raíces errantes, vuelven de pie entre el polvo con la semilla intacta de los nuevos comienzos, esperando florecer de nuevo en donde su dignidad no requiera de visa o pasaporte, donde su nombre no se escriba con cifras y donde como el sol (que no conoce de muros ni fronteras) vuelvan a levantarse día a día…
«A quienes construyeron un hogar lejos de su tierra y ahora enfrentan el desarraigo. Que sus raíces sean más fuertes que cualquier frontera y florezcan donde la vida les lleve.»
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