Por: E. Rivera.

Dicen que la belleza lo es todo, y desde pequeña, en mi cabeza resuena que para entrar en los estándares de belleza, hay que ser delgada. Esa delgadez idolatrada, donde se remarcan las clavículas, donde no encuentras carne suficiente en tus brazos para lograr ser agarrada cuando los perros vienen a por ti. Esa misma, donde el corazón busca huir del pecho, dejando el espacio por si alguien más está dispuesto a ocuparlo por ti.
En mi cabeza, la belleza es sinónimo de locura, de pérdida total de la cordura y coherencia de todo lo que te hace ser tú, incluso dejar de consumir las risas que te regalan, o tirar los preciados mechones que tu madre peinaba y trenzaba cada mañana antes de partir, o las uñas que te arrancabas jugando a la cocinita con las piedras de la parte de atrás de tu casa.

Para el mundo, la belleza lo es todo, llena carteras y desborda corazones; cualquier cuerpo bonito llena a la sociedad. Pero, ¿me llena la sociedad a mí? No creo poder reconocer la belleza; no distingo caras, las manos dejan de ser reconocibles, la cara vive llena de arrugas acorde a que tanto pudimos reír en la juventud, los brazos duelen y crujen por el esfuerzo de una vida de trabajo pesado, las piernas hinchadas y adoloridas no son más que la gran prueba de cuántas veces deseamos dejar los zapatos tirados y salir corriendo al más acá, donde todavía no nos entendemos, o al lejano más allá, donde lo irreal es hermoso y donde todo lo que deseamos alguna vez nos espera con los brazos abiertos y con paños y cálidas manos dispuestas a secar nuestras atormentadas lágrimas.
La belleza no siente, se vive, tan viva en cada parte de nuestro cuerpo, visible o invisible; incluso hay belleza ayudando a los más alejados, a los renegados por la sociedad, en dar de comer a animales en la calle o simplemente cuando se decide vivir un día más sin importar.
Quizás la belleza es lo que me ha mantenido viva, tan atada al azul claro del cielo, a las manos del agua acariciando mis pies, el cabello escandaloso por juego del aire o al simple hecho de que la belleza nadie la puede ver, que en realidad solo percibimos lo que no queremos ver, atormentados por parámetros sociales y por nuestra codiciosa alma.
Mi belleza no existe, no la percibo nunca, no puedo sentirla y mucho menos verla. Pero los niños sí me ven, sí agarran mis manos y me llevan a jugar, me cuentan sus anhelos y me dicen lo valiosa que les soy; incluso las juventudes viejas me sonríen con gracia y cariño, incluso si solo tenemos pocos minutos de habernos conocidos, me confían su vida y yo les regalo mi tiempo, los animales me llevan la corriente y yo disfruto saludarlos.
Pero, aun así, todavía no me percibo, no me encuentro en esta casa que llamo «cuerpo». Así que no toques mi puerta, todavía sigo buscando algo en el terreno vacío que el mundo llama perfección.

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