Hay fuego en mi casa pero no es el que a lo lejos ilumina el cielo en su danza perpetua. Hay uno mucho más voraz, más frenético y maligno que nos destierra. de nuestras raíces. Va dejando en su voraz incendio lágrimas y fotografías rotas de las familias que ya no son. Muertos a los que lloraremos a distancia o de lo contrario nos uniremos a su cortejo. A cada paso solo hay cenizas que arden bajo nuestros pies y también queman por dentro: son los recuerdos rotos del que solíamos llamar hogar. Hay fuego en mi casa: ráfagas metálicas de uno y otro lado cortan el aire en un estruendo y al final un vacío ensordecedor lo habita todo. Ahora estamos lejanos, nuestro hogar pertenece a otros que sin tregua solo quieren engrosar sus arcas cosechando paraísos artificiales a costa de arrastrarnos a su infierno. Hay fuego en mi casa, ni tu ni yo lo encendimos… Y ni tu ni yo tenemos casa ahora. De nuestra fértil tierra aún brota la abundancia
pero entre sus surcos se esconde, ahora, la muerte y debemos partir con dolor y con las manos vacías (es el exilio o el exterminio, no hay opción). Las calles solitarias son ahora el refugio de nuestras voces lejanas que el viento ha dispersado en todas sus direcciones, y sin embargo se unen en un clamor de justicia que no calla ante nada y le planta la cara al miedo. Tan solo hay fuego, a la distancia, y como un faro sigue encendido iluminando el camino de regreso a nuestras raíces, que aún bajo las cenizas, siguen vivas…
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