“EL DÍA QUE DIOS DEJÓ DE MIRARNOS POR UN MOMENTO”

Por: Nerio Luis Mejía.

Todo empezó el miércoles 15 de enero de 2025, cuando ráfagas de disparos acabaron con la vida de Miguel Ángel López, su esposa Zulay Durán Pacheco y su bebé de tan solo nueve meses de nacido. Estos hechos tuvieron lugar en la vereda La Valera, corregimiento La Silla, zona rural del municipio de Tibú, Norte de Santander.

La crueldad de la masacre que acabó con la familia López Durán, propietaria de una funeraria en el convulsionado municipio tibuyano, se constituyó en la número 2 del año 2025, según el registro de Indepaz, la cual presagiaba la tragedia.

Fue la noche más oscura, tan lenta en su lucha con los días que no querían sucederla, para no cargar con el peso de la desgracia que marcó para siempre la vida de los habitantes del Catatumbo.

La mañana del 16 de enero, todo era caos. Las líneas telefónicas se saturaron. Todos buscábamos más información sobre lo que estaba ocurriendo. Había llegado la tragedia anunciada, producto de los enfrentamientos armados entre el ELN y las disidencias de las FARC en el Catatumbo.

Lo irónico de la situación es que, a pesar de predecir con certeza la llegada de la violencia, nadie quería ser testigo de sus consecuencias.

La barbarie había cruzado el límite de lo humano, dejando a su paso las riendas sueltas de un monstruo desbocado que se alimentaba de sangre y sufrimiento de quienes se atravesaban a su paso.

Me confieso que ese día, con Biblia en mano, creí fervientemente que Dios dejó de mirarnos por un momento, y el lugar de su descuido lo ocupó un sediento demonio llamado muerte, que hizo trozos a quienes minutos antes fueron niños, mujeres y hombres que, sin importar su condición, ante todo eran humanos.

El olor a muerte se percibe en el aire. El baño de sangre aún humedece el suelo del Catatumbo. Los despojos humanos, aunque se levanten los cuerpos o las partes que quedaron de ellos, seguirán tendidos en la memoria y en la tierra de una región que se debate entre la disyuntiva de olvidar o recordar la peor tragedia documentada en nuestra historia reciente.

Los escritores de vereda tenemos muchos insumos para escribir, narrando paso a paso los acontecimientos que enlutan a toda una región. Pero el miedo es mayor por lo que implica atreverse a contar a todo un país y al mundo lo que sucedió la horrible noche, cuando Dios dejó de mirarnos por un momento, y el mismo Satanás tomó su lugar, sembrando la muerte en este territorio.

Los desplazamientos masivos de quienes alguna vez soñaban con ver florecer sus esperanzas en esta hermosa tierra, bañada de ríos y adornada de montañas, hoy reflejan el drama humano producto de las consecuencias que arrastra en su marcha la violencia.

Niños, mujeres y ancianos, al igual que los hombres de todas las edades, atiborrados en improvisados albergues, quienes en sus rostros se ve la impotencia de un sufrimiento infringido por culpa de quienes creen que en el ruido de los fusiles es la fórmula más efectiva de poder existir.

Siento miedo, no solo por atreverme a escribir este artículo, también lo siento por las tantas vidas que se han perdido sin haber tenido la oportunidad de al menos poder comprender los motivos de sus luchas.

Seguro estoy de que, si Gabriel García Márquez aún viviera, se negaría a escribir sobre la peor tragedia anunciada. No en el cálido y folclórico Macondo, sino en el resistente Catatumbo, que hoy se debate entre la vergüenza por lo que han cometido quienes aseguran empuñar las armas en defensa de las justas luchas sociales que reivindican la deuda histórica con la región, en contra de su propia gente, quienes hoy claman a viva voz el regreso del Estado, representados en hombres y mujeres a los que denunciaron por la profanación de un territorio sagrado, que hoy no solo ha visto correr la sangre de los hijos de esta tierra, también de quienes llegaron de lejos, a pelear hasta morir, en una lucha incomprendida.

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El cielo del Catatumbo lo surcan dos clases de aves, los pájaros de acero que escasean en la institucionalidad, pero que, aunque alquilado han cumplido con su misionalidad, y las aves carroñeras que buscan alimentarse con los trozos de despojos humanos, que quedaron esparcidos el día que Dios dejó de mirarnos por un momento.

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