LUCES

Por: Jean Carlos Arenas Parra

Eran los días
en los que la sala de la abuela
era el centro de mi universo,
mi dulce refugio de los primeros años.
Un árbol glorioso y sublime,
envuelto en luces danzantes
y colores vivos
parecía sostener al mundo entero:
la señal más clara
de la llegada de unos tiempos
con un sabor distinto.
La felicidad parecía palpitar
en cada luz intermitente
que contemplaba noche a noche
con una plegaria infantil
a flor de labios
queriendo detener el tiempo,
queriendo anclar los días
al brillo de la Navidad.
Cerrar los ojos,
sentir las estrellas
tocar mi rostro mientras respiro
el delicioso bouquet decembrino
que perfumaba el aire
en aquellos días.
Los villancicos resonando
en cada rincón
en su alegre coro,
y ahora en cada nota
parecieran arrastrar recuerdos.
Cada día de diciembre
parecía infinito
y ahora el tiempo es arena
que se escurre entre mis dedos…
Abrirlos ahora, saberme mayor,
lejano de mis raíces,
y que mi pueril súplica
apenas hizo eco en el silencio
y ver que año tras año
se siguen acumulando
más ausencias en la mesa.

Pero las luces siguen brillando
en la navidad eterna que me habita
(y un árbol glorioso y sublime
aún me sostiene el mundo).

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