Eran los días en los que la sala de la abuela era el centro de mi universo, mi dulce refugio de los primeros años. Un árbol glorioso y sublime, envuelto en luces danzantes y colores vivos parecía sostener al mundo entero: la señal más clara de la llegada de unos tiempos con un sabor distinto. La felicidad parecía palpitar en cada luz intermitente que contemplaba noche a noche con una plegaria infantil a flor de labios queriendo detener el tiempo, queriendo anclar los días al brillo de la Navidad. Cerrar los ojos, sentir las estrellas tocar mi rostro mientras respiro el delicioso bouquet decembrino que perfumaba el aire en aquellos días. Los villancicos resonando en cada rincón en su alegre coro, y ahora en cada nota parecieran arrastrar recuerdos. Cada día de diciembre parecía infinito y ahora el tiempo es arena que se escurre entre mis dedos… Abrirlos ahora, saberme mayor, lejano de mis raíces, y que mi pueril súplica apenas hizo eco en el silencio y ver que año tras año se siguen acumulando más ausencias en la mesa.
Pero las luces siguen brillando en la navidad eterna que me habita (y un árbol glorioso y sublime aún me sostiene el mundo).
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