Por: Jean Carlos Arenas Parra
«El cuerpo recuerda, escribe Sándor Márai,
como si hablara de otra persona, y es verdad».
Alejandro Oliveros
El cuerpo habla y tiene memoria,
casi como si otro hablara por nosotros.
En nuestra piel, a veces como heridas de combate
y otras como medallas de guerra
se dibujan las cicatrices.
En nuestros sentidos residen
los recuerdos de un mundo que vive y muere
a cada instante.
En nuestros labios se guardan
el sabor de los muchos que aún hoy
pelean por dejar sus nombres o sus rostros indelebles.
En nuestras manos se quedan a perpetuidad
el tacto de otras pieles que nos han habitado.
Bajo nuestros pies se registran las coordenadas
de cada camino trazado y transitado.
El cuerpo habla y tiene memoria,
casi como si otro hablara por nosotros.
Aunque hay recuerdos que se cuelan entre los músculos
y dejan cicatrices profundas que no se ven
pero queman y duelen más que cualquiera.
Aunque el silencio parezca ser la mejor opción,
al final nuestros huesos gritan lo que la boca calla.
Y como en un mapa, en cada uno de sus rincones,
puede leerse el testimonio
de cuanto hemos vivido, sentido y transitado.
Pero contra todo pronóstico, el cuerpo se defiende
y nos recuerda que es hogar, pero también trinchera.
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