Por: Paula Andrea Correa Moreno

En un mundo donde los avances hacia la igualdad y el respeto de los derechos de las mujeres parecen ir ganando terreno, resulta indignante encontrarse con actos como el reciente anuncio del restaurante Old West en Cúcuta. En un intento de «publicidad creativa», este establecimiento decidió trivializar el asesinato de una mujer como parte de su estrategia para promover un punto de vista irrelevante: la preferencia por un término de cocción de carne, no solo es de mal gusto, sino que también perpetúa una cultura de violencia simbólica contra las mujeres que no podemos ignorar ni justificar, es una banalización alarmante del feminicidio, que ha cobrado 745 vidas en Colombia en 2024, varias de ellas en Cúcuta.
El hecho ocurre poco después de la conmemoración del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, una fecha que nos invita a reflexionar sobre los alarmantes índices de violencia de género en Colombia y el mundo. Según la ONU, cada día, 137 mujeres son asesinadas por miembros de su propia familia en el mundo, en este contexto, bromear sobre el asesinato de una mujer, incluso de forma simbólica, no es solo una insensatez, sino una manifestación de cómo la violencia machista se infiltra hasta en los rincones más triviales de nuestra vida cotidiana.
La publicidad de Old West no es un error aislado, sino el síntoma de un problema más profundo: la normalización de discursos violentos en la cultura popular y publicitaria, las empresas, en su afán por captar la atención, cruzan límites éticos sin pensar en las consecuencias sociales de sus mensajes. Este tipo de contenido legitima el desprecio hacia las mujeres y minimiza la gravedad de un problema que debería unirnos en rechazo y acción.
Más allá de la indignación moral que provoca este hecho, es necesario preguntarse: ¿Qué tipo de sociedad queremos construir? No podemos permitir que la violencia de género, sea explícita o simbólica, se utilice como un recurso humorístico o comercial, cada mensaje de este tipo refuerza los estereotipos y normaliza comportamientos que muchas veces derivan en tragedias reales.
Es imperativo que las empresas asuman su responsabilidad como actores sociales, la libertad creativa en la publicidad no puede estar por encima del respeto a la dignidad humana.
La creatividad debe ser usada para generar mensajes positivos, no para perpetuar narrativas violentas, en este caso también subraya la necesidad de un marco legal más estricto y un control social más firme sobre la publicidad, para que mensajes como estos no tengan cabida.
Como sociedad, debemos exigir una disculpa pública sincera y acciones reparadoras de parte de Old West, además de hacer un llamado a los consumidores para que elijan empresas con valores éticos claros. La tolerancia cero hacia cualquier forma de violencia, incluida la simbólica, debe ser un principio innegociable, ya que a pesar de que el restaurante ha emitido una disculpa, alegando que el contenido estaba basado en el humor y no buscaba generar malestar, es crucial reflexionar sobre los límites del humor y el impacto de los mensajes que consumimos y producimos, especialmente en un contexto de violencia de género que sigue siendo una realidad alarmante.
Aunque aceptar responsabilidades y pedir disculpas es un paso necesario, no puede diluir la gravedad del problema, el humor, cuando es utilizado como herramienta de comunicación, tiene el poder de construir o destruir, de cuestionar injusticias o perpetuarlas.
En este caso, el mensaje falló rotundamente, ya que, en lugar de provocar una sonrisa, generó indignación al trivializar algo tan sensible como la violencia contra las mujeres.
La explicación del restaurante sobre la intención detrás de su mensaje deja en evidencia una desconexión con el contexto social en el que vivimos, si bien el humor es subjetivo y puede abordarse desde diferentes perspectivas, las empresas tienen la responsabilidad de evaluar el impacto potencial de sus mensajes. En este caso, el resultado fue ofensivo y poco ético, lo que subraya la necesidad de mayor sensibilidad y responsabilidad social en la publicidad.
Este incidente debería servir como una lección para Old West y para cualquier otra marca que busque destacar a través de mensajes controvertidos no se trata de coartar la creatividad ni de censurar el humor, sino de entender que ciertas temáticas exigen un manejo más consciente y respetuoso.
La publicidad, como cualquier forma de comunicación masiva, tiene un rol en la construcción de valores y comportamientos en la sociedad.
La disculpa del restaurante es un paso, pero no basta. Además de reconocer el error, sería positivo que Old West asumiera un compromiso más profundo, como apoyar campañas de sensibilización contra la violencia de género o promover un enfoque ético en sus futuras estrategias, lo cual no solo repararía parte del daño causado, sino que demostraría un aprendizaje real.
Este episodio nos deja un mensaje claro: el humor nunca debe estar por encima del respeto por la dignidad humana, más aún, en una sociedad que sigue enfrentando desafíos estructurales para garantizar la seguridad y los derechos de las mujeres, las bromas pueden ser herramientas poderosas para unirnos, para reflexionar, incluso para sanar; pero cuando se usan sin reflexión, solo perpetúan el daño.
Como consumidores, debemos exigir mayor responsabilidad y rechazar contenidos que, aunque disfrazados de humor, perpetúan narrativas peligrosas.
Este no es un simple error publicitario: es una oportunidad para replantearnos el papel de las palabras y las imágenes en nuestra lucha por una sociedad más justa y libre de violencia.


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