Por: Mónica García

Recibo comentarios frecuentes de personas que consideran demasiado beligerante mi posición frente a los representantes del género masculino y encuentran en dicha actitud la causa de mi supuesta soledad, y es que, para muchos y muchas, no puede haber un cuestionamiento de parte de nosotras hacia las actuaciones de los hombres, pues eso significa dejar a un lado nuestro rol pasivo y entrar a competir en el terreno de ellos, los que sí pueden expresarse libremente.
Resulta que el tema del feminismo para mí, particularmente, no es un arrebato ni una moda, tampoco una manera de destacarme o sentirme perteneciente a un género superior: es personal. En principio, me permitió entender muchas de las cosas que pasaron en las relaciones que tuve, encontrar explicación a comportamientos de otros que me hicieron sentir culpable y avergonzada, elaborar mejor duelos que me habían dejado sumamente herida, porque si bien tuve a mi lado hombres con responsabilidad afectiva que me dieron amor, apoyo y respeto, también viví situaciones por las que nadie debería pasar; en gran parte, hay que reconocerlo, por esas carencias afectivas que todas tenemos, pero también debido al machismo que no quiere morir y por el contrario parece renacer cada tanto con más fuerza para ensañarse con nosotras.
Puede que no haya sido la compañera perfecta, algunos defectos y errores están completamente identificados y otros no tanto; he tenido algunos cambios que han sido para bien, pero en algún momento debí convencerme, como tantas mujeres que sufrieron violencia de género, que nada, absolutamente nada justifica el maltrato físico, psicológico, sexual o económico que muchas hemos experimentado por parte de hombres.
Tuve parejas con rasgos narcisistas, infieles, explosivas, pero tal vez la peor forma de violencia es la que te infliges como dependiente de un adicto; con personas agresivas o pasivo agresivas puedes tener la esperanza de un arrepentimiento, de una disculpa, de un intento de reparación. Pero el adicto no repara, primero, porque casi ninguno reconoce que padece una adicción y, por otro lado, se excusa en ella para no hacerse cargo de sus desatinos. Casi nunca recuerda lo que pasó o, aún en sobriedad, no alcanza a dimensionar los daños causados y la culpa si existe es superficial y efímera; además, la adicción está muy ligada a la manipulación, el adicto aprende a buscar aliados que quieran ayudarlo y sostengan y hasta justifiquen el consumo. Es experto en victimizarse, hacerse digno de lástima y envolverte en una espiral en la que las personalidades del sobrio y el intoxicado se entrecruzan generando confusión y dejándote sumida entre la disonancia y el anhelo de seguir luchando por el tan esperado cambio que nunca llega; todo esto sumado a la voz interior que te hace sentir culpable por querer, en muchos momentos, salir huyendo de allí.
Quedas atrapada, débil, sin recursos y puedes estar meses o años en una situación en la que se te pone en riesgo constante, recibes tanto insultos como promesas que nunca se cumplen y se te vulnera de todas las formas; si la adicción se combina con un comportamiento violento las amenazas y el amedrentamiento
te producen pánico y aunque no se materialicen pueden dejarte paralizada e impotente, pero sobre todo silenciada y sola, porque no sabes a quién acudir y las personas que conocen la situación te juzgan por mostrarte débil y no ser capaz de detenerla o solo miran para otro lado. Todo es peor si no cuentas con una red de apoyo y tu entorno es permisivo o simplemente indiferente frente a los comportamientos machistas.
Quisiera decir que no estamos sola pero casi siempre lo estamos, aunque de vez en cuando aparece una mano amiga, así que, si pasa, hay que aferrarse a ella, podría salvarnos la vida.

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