Escribir… ya no hay pulso en mi tinta ni fuerza en mis dedos, el verbo se desangra entre mis labios, olvidé cómo construir un refugio de palabras, y esta sombra, amorfo testigo, rima en silencio con mis sueños muertos.
No quiero que me leas, ni que encuentres mi voz entre los escombros, que te atrevas a rescatarme de este naufragio. No quiero que mis ruinas sean tuyas, ni que el eco de mi nombre arrastre tu memoria hacia un abismo que aún desconozco.
He enterrado mis versos bajo un cielo sin estrellas, donde ya no respiro metáforas ni aspiro mentiras. Mi pluma yace quebrada, un cadáver más en esta guerra contra todo lo que alguna vez me sostuvo.
Extraño el vértigo de mis palabras, la vida que ardía entre líneas, pero sé que fui mi propio verdugo: traicioné al poeta que amaba el dolor de escribir, el que enfrentaba su reflejo sin parpadear.
Hoy, esto es un réquiem, un grito final. Si estas letras te encuentran, lector, déjalas morir contigo; porque yo, poeta caído, he decidido renunciar al latido de mi arte antes de que me devore mi propio olvido.
Deja un comentario