Por: Annie Smith

Vivimos en un mundo que idolatra lo pulido, lo sin fisuras, lo impecable. Pero, en medio de esa búsqueda interminable por alcanzar una perfección que nunca llega, olvidamos una verdad fundamental: es en nuestras grietas, en nuestras imperfecciones, donde reside la verdadera esencia de lo que somos. Son esos momentos rotos los que nos permiten ser genuinos, conectar profundamente con otros y abrazar la belleza de nuestra humanidad.
Cada marca que queda en nuestra piel, cada fallo en nuestra trayectoria, es un recordatorio de que estamos vivos, de que hemos intentado, de que hemos aprendido. Las cicatrices no son imperfecciones a esconder, sino huellas de resistencia, de superación. Son parte de nuestra historia, de nuestro viaje. Como bien dijo John Ruskin: “Expulsar la imperfección es destruir la expresión, impedir la acción, paralizar la vitalidad.” Y cuánta verdad hay en estas palabras. Si tratamos de vivir una vida sin errores, sin tropiezos, sin caídas, estaríamos eliminando la esencia misma de lo que significa vivir.
Día a día estamos en una era donde la perfección parece ser el objetivo, desde el filtro perfecto en una foto hasta el logro de metas inalcanzables en tiempos impresionantes. Pero, ¿qué hay de los momentos imperfectos? Los que no salen como esperábamos, los que nos hacen reír de nosotros mismos o incluso los que nos enseñan más de lo que esperábamos aprender. “Son las imperfecciones las que vuelven a las cosas bellas”, decía Jenny Han, y qué cierta es esta afirmación. Porque, si lo pensamos bien, no hay nada más encantador que la autenticidad, esa que se refleja cuando somos nosotros mismos, sin máscaras, sin filtros, sin miedo a mostrarnos tal como somos.
A veces, la imperfección es la chispa que necesitamos para crear algo realmente único. La belleza no está en lo que se ajusta a los moldes establecidos, sino en lo que se atreve a ser diferente, a ser real. No necesitamos la perfección para ser grandiosos; la locura, el desorden, la vulnerabilidad, son elementos que dan color a nuestras vidas. Como dijo Marilyn Monroe: “La imperfección es la belleza, la locura es genial y es mejor ser absolutamente ridículo que absolutamente aburrido”. Al final, esa autenticidad es la que deja huella, la que nos hace inolvidables.
Cuando miramos a las personas a nuestro alrededor, solemos admirar sus cualidades, pero rara vez vemos sus defectos como algo que también los hace bellos. Sin embargo, las imperfecciones, tanto físicas como emocionales, son las que nos conectan más profundamente con los demás. Nos recuerdan que no estamos solos, que todos estamos en este viaje de aprendizaje constante, compartiendo nuestras victorias y nuestras caídas.
Quizás, en lugar de ver nuestras imperfecciones como algo a corregir, deberíamos comenzar a verlas como lo que son: parte fundamental de nuestra humanidad. No se trata de rendirse, sino de aceptar que los momentos difíciles, los errores, las cicatrices, son los que realmente nos hacen crecer y evolucionar. Cada imperfección trae consigo una lección. Nos enseñan a ser más amables con nosotros mismos, a comprender a los demás, a abrazar la vulnerabilidad con la que todos nacemos.
Imagina por un momento un mundo donde todos aceptamos nuestras imperfecciones. Un mundo donde ya no nos juzgamos por no ser perfectos, sino por ser sinceros y valientes al ser nosotros mismos. Las cicatrices no serían secretas, los errores no serían fracasos, sino pasos hacia la mejor versión de nosotros mismos. Y entonces, el verdadero sentido de la belleza aparecería, no en una figura impecable, sino en la verdad de nuestras imperfecciones.
Así que cada vez que te mires al espejo y veas algo que no encaja con los estándares de belleza del mundo, recuerda que eso que ves es exactamente lo que te hace único. No hay necesidad de buscar la perfección, porque la verdadera belleza reside en las imperfecciones. Como bien dijo Heinrich Böll: “Me divierten los locos: nunca están hablando de las imperfecciones.” Y es que, a veces, ser un poco “loco”, ser un poco diferente, ser un poco imperfecto, es lo que más se necesita en este mundo tan predecible.
Ama y celebra tu imperfección con pasión y locura, porque en ella está el alma de lo que realmente eres. Tu ser imperfecto es perfecto tal como es.

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