Nunca me preguntaron si prefería las noches frías en las calles de Moscú a una noche eterna en el vacio ingrávido del espacio sideral. Ni mucho menos si mis cuatro patas correrían sin retorno una carrera de gigantes con meta en la nada en vez de transitar libres el verde de las praderas o la gélida blancura de la nieve. Sólo se que a nadie pertenecí, excepto a las calles, a su ejército de frías estrellas terrenales y a la urna metálica que fue mi vehículo al cosmos en un viaje sin promesas de retorno. «La que ladra» nombraron mi existencia. Pero aquí en la noche infinita solo el silencio escuchó mis ladridos, nadie vio a la muerte apagando mi luz en un parpadeo para ser libre eternamente en la vastedad del universo y brillar junto con las estrellas mientras contemplo con pena y ternura a los hijos de quienes desde un diminuto punto azul me enviaron al nunca más
con el miedo como último bocado pretendiendo en vano ampliar sus fronteras. Y sin embargo, soy la estrella fugaz que jamás se desvaneció en el vasto horizonte y ahora orbita perpetuamente en los confines del firmamento. Un eco inmortal en la memoria de quienes impusieron mi destino aciago ignorando acaso que aún sin amo ahora pertenezco por siempre a quienes aún sin haberme conocido acogieron mi perra e inocente presencia…
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