Por: Hazzam Gallego

Migrar no es fácil, Migrar no es para todos, Migrar es un salto al vacío. Dejamos atrás nuestras raíces, nuestra identidad y todo lo que hemos construido, para enfrentarnos a una realidad que suele ser mucho más dura de lo que nos cuentan. En el extranjero, todo lo que alguna vez fuiste, tu título, tu experiencia, tu esfuerzo, parece perder valor. Aquí, eres un “nadie”, alguien que apenas está sobreviviendo en una tierra que, en su mayoría, no te acepta del todo.
Al llegar, te encuentras con una rutina despiadada. La lucha por adaptarte y sobrevivir te obliga a aceptar trabajos que jamás imaginaste, a soportar malos tratos por el simple hecho de ser migrante. Te das cuenta de que debes agachar la cabeza, aguantar humillaciones, y convertirte en alguien que nunca pensaste que serías. Aquí, no te contratan por lo que eres capaz de hacer, sino por tu necesidad, y se aprovechan de esa vulnerabilidad. Los salarios bajos, la explotación y la falta de respeto se vuelven parte del paquete. No tienes más opción que tragar cada impulso de defenderte y seguir adelante.
La rutina te consume; te levantas antes de que salga el sol y regresas a casa cuando ya ha oscurecido. La vida se convierte en una cadena de días repetidos, donde no hay espacio para otra cosa que trabajar. Cada día es igual al anterior: madrugar, cumplir con largas jornadas laborales, regresar exhausto, dormir apenas unas horas y empezar de nuevo. Poco a poco, olvidas lo que significa compartir con tu familia, disfrutar con amigos o simplemente descansar. Te conviertes en un engranaje más en una máquina que no se detiene, donde tus propios sueños y metas quedan aplastados bajo el peso de una supervivencia que apenas te da para vivir.
Las llamadas a casa se convierten en una prueba de resistencia emocional. Te saludan con orgullo, convencidos de que estás “triunfando en el extranjero”. Sientes una mezcla de tristeza y frustración porque sabes que te fuiste para darles un mejor futuro, para que tengan una vida más digna, aunque eso signifique sacrificar la tuya. Ellos no saben que detrás de cada centavo que envías, hay noches de trabajo agotador, de necesidades propias que sacrificas para no fallarles. Te gustaría ser honesto, contarles lo que realmente estás viviendo, pero no puedes decepcionarlos. En cambio, sonríes y sigues adelante.
Y no es solo la distancia; es también la soledad y el sentirte un extraño en tu propia vida. Aquí no tienes el apoyo que dejaste atrás, ni amigos de toda la vida, ni tus amores, ni esa sensación de pertenencia que te daba tu hogar. Aunque intentes adaptarte, aunque busques crear un nuevo hogar, siempre te ves como alguien de paso, como un visitante en un lugar que nunca termina de aceptarte.
Además, migrar te convierte en un blanco fácil. La gente se aprovecha de tu urgencia para encontrar estabilidad. Te engañan, te explotan y te hacen sentir menos, sabiendo que difícilmente puedes reclamar. Eres un recurso barato en un sistema que no te protege, alguien que puede ser manipulado porque no tiene otra opción.
La realidad de migrar es despiadada. No es el “sueño europeo” o el “sueño americano” del que tanto hablan. Es una lucha constante, una supervivencia que consume cada parte de tu ser. Es aceptar que tal vez nunca te sientas en casa, que tal vez nunca alcances lo que viniste a buscar. No importa cuánto te esfuerces, siempre serás el extranjero, el que vino de fuera y, para muchos, el que no pertenece.
Si estás pensando en dejar tu país, piénsalo dos veces. Migrar no es para todos. Significa enfrentarte a un camino incierto, dejar atrás lo que amas y empezar de cero en un lugar que no te debe nada. Aquí no hay garantías, ni promesas de éxito; solo una lucha interminable por encontrar tu lugar en un mundo que muchas veces te da la espalda. Migrar no es solo irse; es aprender a vivir como un extraño, es renunciar a lo que eres y sobrevivir cada día, sin saber si algún día encontrarás lo que viniste a buscar. Y la gran verdad es que, por mucho que te esfuerces, por mucho que sueñes, no hay garantías de que algún día te sientas en casa.
Gracias a aquellas conversaciones con amigos extranjeros que siguen luchando día a día por morder así sea un trozo de la expectativa que soñaban al salir de su país.

Sobre el autor:


Columnas recientes
Busca columnas por autor






Deja un comentario