Por: Annie Smith

A menudo, mientras nos apresuramos por cumplir con las demandas y objetivos de la vida, perdemos de vista lo realmente esencial. En esta carrera constante, olvidamos que la verdadera riqueza y felicidad se encuentran en los momentos
más simples, esos que, aunque puedan parecer diminutos, están llenos de magia y de vida. Estos “pequeños placeres” no solo nos alegran, sino que nos enseñan a ser más humildes y a ver lo que ya tenemos con otros ojos.
Piensa en esos momentos en los que te sientas a conversar con tu madre. ¿Cuántas veces has descubierto algo nuevo sobre ella que te ha hecho sonreír?
Esos instantes de conexión, donde el tiempo parece detenerse, son más valiosos que cualquier tesoro material. Te llenan el corazón y te recuerdan lo importante que es mantener vivas esas relaciones.
Y qué decir de esos paseos en solitario, escuchando tu música favorita. En esos momentos, cuando caminas sintiendo el viento en tu rostro o te detienes a contemplar un atardecer, te sientes tan vivo. Es como si el mundo entero te
estuviera abrazando. Bruce Lee decía: “La simplicidad es la clave de la brillantez”, y no hay duda de que en esos instantes sencillos encontramos la verdadera belleza.
También está la simpleza de mirar el álbum familiar, donde cada fotografía cuenta una historia, o la libertad de pisar la hierba con los pies descalzos. Es un regreso a la esencia, un recordatorio de quiénes somos y de lo que nos hace felices. Como
dijo Eleanor Roosevelt, “Un poco de simplicidad sería el primer paso hacia la vida racional”. La vida tiene más sentido cuando aprendemos a valorar lo que ya tenemos, a encontrar belleza en lo cotidiano.
Y no subestimemos el poder de bailar mientras limpiamos la casa o disfrutar de nuestro platillo favorito. Esos pequeños actos pueden parecer insignificantes, pero son los que llenan nuestras vidas de alegría. Nos enseñan que la felicidad no es
un gran espectáculo, sino una serie de momentos que están al alcance de nuestras manos. Coco Chanel lo resumió bien: “La simplicidad es la clave de la verdadera elegancia”. Y esa elegancia, en su forma más pura, es la que se siente
en lo profundo del corazón.
Cuando plantamos un árbol o disfrutamos de una caminata, nos conectamos no solo con la naturaleza, sino con algo más grande que nosotros mismos.
Estos pequeños placeres nos enseñan a “vivir simplemente para que otros puedan simplemente vivir”, como decía Gandhi. La naturaleza nos muestra su belleza sin pretensiones; aprendamos a vivir como ella: con propósito y humildad.
Es fácil caer en la trampa de pensar que una vida buena es aquella llena de fama o dinero, pero el verdadero bienestar no se compra. La felicidad está en ver la grandeza de lo pequeño, en ser agradecidos y en cultivar una vida sencilla.
Brendon Burchard lo expresó de forma hermosa: “Con sabiduría viene el deseo de simplicidad”. Cuando alcanzamos esta sabiduría, encontramos paz en el aquí y el ahora, en el abrazo cálido de la vida sin complicaciones.
Así que la próxima vez que te sientas abrumado, recuerda que los pequeños placeres de la vida son los que realmente cuentan. La sencillez no es pobreza, sino una rica forma de ver el mundo. Es darnos cuenta de que tenemos más de lo que imaginamos. La verdadera vida es la que se disfruta en esos detalles que valen oro.
Celebremos juntos la belleza de lo simple, porque en lo sencillo se esconde la felicidad más pura.

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