UN VIEJO AMOR

Por: Mónica García

La historia comenzó de la misma manera que para muchos jóvenes: había que escoger una carrera -aunque se tuviera poca idea de en qué consistía o para qué servía; en lo posible se debía tener en cuenta lo que nos gustaba o en lo que éramos buenos, pero sobre todo se tenía que pensar en si podía darnos una “buena vida” en términos de remuneración económica y prestigio (mea culpa, en los 90 la psicología era nueva y nada podía saber de lo tremendamente popular, manoseada y mal paga que terminaría siendo).


La única referencia, para mí, era un amigo al que habían llevado con un terapeuta en plena adolescencia después de que su papá murió, porque empezó a ponerse las cachuchas que el señor usaba para tapar la calvicie: mi amigo tenía 15 años y por supuesto no era calvo. “¿Y qué va a hacer, huevón?”, me contó que había sido la respuesta del psicólogo ante la mención de un posible suicidio en una de las sesiones; “Quiero que me paguen por decir eso”, pensé. Así que en una epifanía decidí estudiarla para poder contestarle a la gente todo tipo de cosas sin ninguna consecuencia (aunque por supuesto muy pronto descartaría los métodos soeces de confrontación).


Pareciera una razón muy banal para escoger una profesión, pero estaba muy joven como para saber lo que quería hacer por el resto de mi vida y además, la pretensión de salvar a la humanidad de sí misma nunca estuvo dentro de mis planes.


A partir de ahí he tenido una relación de amor y odio con ella, la primera desilusión vino por cuenta de las matemáticas, que nunca entendí y siempre detesté: allí estaban, en mi horario de primer semestre; luego Estadística 1 y 2, las cuales tampoco logré descifrar y aprobé con mucho esfuerzo después de repetirlas.

La posibilidad en ese tiempo y en mi universidad de escoger enfoque me libró de Psicometría y otros tópicos relacionados, arrojándome a los brazos del psicoanálisis, el que llegué a amar con locura aunque nunca lo ejercería ¡Cosas de la vida!

Cuando hablaba con estudiantes de otras carreras empecé a cuestionarme por qué la mía no interactuaba con otras ciencias y por ejemplo, no arrancábamos con filosofía, si Freud leía a Schopenhauer y su teoría del inconsciente se derivaba de muchos teóricos de dicha rama anteriores a él.

No entendía por qué no estudiábamos economía, materialismo dialéctico y marxismo para comprender la forma como se estructura nuestra sociedad, ni me explicaba por qué en la clínica se tienen tan poco en cuenta los efectos del contexto sobre las dolencias y los comportamientos, sino que se extrae a los individuos de él como si todos perteneciéramos a la misma raza, clase social, credo y hubiéramos tenido iguales oportunidades en educación y servicios básicos.


¿Por qué no nos enseñaron que muchas de nuestras enfermedades no solo surgen de nuestro sistema nervioso, sino que la presión que ejerce sobre nosotros la publicidad, lo que nos exige o de lo que nos priva la sociedad en que vivimos, pueden ser las principales causas? ¿Quién puede ser mentalmente “sano” si tiene un salario precario, unos horarios demandantes y unos jefes despiadados o si ha sufrido la guerra, el abandono, la discriminación o la persecución? ¿Por qué se pretendió unificar las características de un ser humano ideal –e irreal- con el fin de descalificar a quienes no encajan en un perfil, cuando las experiencias son tan variadas? Por supuesto que los psicólogos abordamos los casos desde la particularidad de la historia personal, familiar, médica y hasta económica, pero la visión de un “equilibrio” mental aplicable a todas las diversidades es una idea que de romántica y facilista se convierte en peligrosa.


Es cierto que sería imposible abarcar todos los conocimientos en una sola disciplina –para eso se establecieron las distintas especialidades-, pero es importante no darles la espalda a la mayor cantidad posible de aportes teóricos e intentar un eclecticismo sano, lo que debería ser una verdadera visión holística (contrario a la que pretende incluir la lectura de horóscopos, cartas astrales, uso de piedras mágicas o la repetición de mantras vacuos, entre otras prácticas anticientíficas).

Aunque me haya alejado por distintas razones ahora la respeto más y aún la critico, esta profesión sigue siendo una maestra, una compañera de vida y una parte indisoluble de mi identidad; eso no significa que me deje cegar por el amor y el agradecimiento que le tengo. A pesar de tanta charlatanería con la que lucha, de tantos traspiés que le han costado caro, estoy convencida de lo mucho que puede seguir aportando a esta civilización siempre a punto de la debacle.


Por tanto mi recomendación sigue siendo: vayan a terapia con una psicóloga o un psicólogo certificado y como en todo, tómense el tiempo para encontrar a la o el adecuado. No se van a arrepentir.






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