Por: S.C. Ruiz

La brevedad de los espacios en la historia no son más que un soplido o un resquebrajar del hielo en los nevados, la lluvia que es pasado, quedando solo su tierra húmeda o el vuelo del ave que es recuerdo por el resonar de sus plumas al aire ¿Dónde nace entonces la necesidad del hombre por querer perdurar siendo tan ínfimo? Su vida contada en edades no significa más que el pestañear del mismo cosmos, que el danzar de la tierra sobre su estrella arcana.
Es la pregunta que se hace a las seis de la mañana, Ernest Sol Reichman; maestro de filosofía y letras en la Universidad de Alejandría en la lluviosa, anacrónica, gris y nublada ciudad de Rosario, capital de un antiguo imperio que se vio reducido a republica y no es mas ahora que el vestigio de un gran mundo olvidado en el que convergieron cientos de religiones, idiomas, culturas y rostros.
Ernest que toda su vida vio las mismas calles empedradas, las mismas farolas de negro hierro que se encienden por un viejo farolero, la biblioteca que a su vez es museo que se decora cada mes con banderas y estandartes que dan la bienvenida de nuevas obras y exposiciones, la universidad en la que se graduó y ahora es maestro, los colegios ruidosos que están sobre la calle principal que
llevan por nombre el del primer señor de la gran familia que fundo la ciudad, Av. Duque de Rosario.
Los cafés sobre el malecón que se ciñe a lado y lado de un enorme río de aguas heladas que es constantemente visitado por garzas blancas con pintas azules, en donde es común encontrar aun peces que son presa de los osos peregrinos que se ven perdidos en las afueras de la ciudad cerca a los pueblos de Palomares y Heredia. Grandes visiones de una ciudad que ahora
cuenta con más canas en los barrios del Siglo XIX y que se reinventa gracias a la
explosión de la música y las artes en la lejana Europa, que llega en forma de libros, vinilos, fotografías y crónicas periodísticas por la radio o la vigente televisión.
Tres clases a la semana, cada una de tres horas, a las tres de la tarde hasta las seis de la noche; que normalmente los buses y los tranvías se abarrotan de obreros y oficinistas. Toda una marcha, ve Ernest desde la ventana de su cómoda oficina, bebiendo grácilmente como siempre ya sea una cerveza de trigo helada acompañada de maní o de un vino que compra normalmente en la trattoria cerca a su casa, a su amigo cocinero, Mr. Renaldo Grimaldi; que ocasionalmente le regala
a Ernest buenos libros que su familia envía por encargo desde Lombardía, cerca de la añorada Milán.
Horas y horas contemplando las calles, su despertar nocturno, acompañado de placeres para el paladar, tratando de amilanar el confundido cavilar de sus pensamientos necesariamente necesarios.
Perseguido por la realidad o la certeza, la verdad o sus espejismos, las mentiras o sus reflejos; ¿Por qué necesitamos sentirnos eternos? ¿Sabemos con certeza que la muerte es realidad por su naturaleza intacta en nuestra carne y memoria? ¿Cómo se puede si quiera soñar con algo antinatural? Decía Ernest alzando la copa una y otra vez, dando vueltas de aquí para allá. Entonces se le ilumino el rostro, viéndose frente al espejo y observando detenidamente sus estantes y viendo en ellos su amada colección de años, sus pequeñas medallas, sus diplomas, algunas pinturas, su toca discos y las pequeñas esculturas que se venden como suvenir en el museo. Corrió entonces a casa, creyó haberlo resuelto, creyó haberlo dejado listo y mientras corría no hacia mas que repetirlo en su pensar, tenia que anotarlo en su diario que estaba guardado en la mesa de noche al lado de su cama justo frente a la ventana que le
despierta tan plácidamente los domingos.
Abrió la puerta de par en par, corrió despertando al gato y al perro, pero no lo suficiente como para causar estragos; saco las notas y abrió justo entre las páginas, buscando y buscando, releyendo y borrando, anotando y revisando.
Pasaron los días y las noches, Ernest pidió licencia por enfermedad a la universidad, aseguro en su solicitud que se encontraba “Enfermo de un embarazo iluminado que aún no se conoce ni su forma ni su alcance, mucho menos sus semanas de gestación”, envió cartas a sus amigos mas cercanos y a sus familiares a todos les dejo por escrito al final de estas que “No me encuentro
perdido, ni mi cordura está en peligro, pero debo estar solo ahora mismo.
No me busquen a menos que piensen que sea necesario interrumpirme”. Antes de saber su verdad, Ernest desapareció y no dio aviso; pues dos semana exactamente llegaron a su hogar en búsqueda del gran maestro de filosofía y letras de la Universidad de Alejandría de la ciudad de Rosario, pero lo único que encontraron fue dos tomos escritos a máquina, uno titulado “Verdades Innegables del Espíritu Humano” y el otro “Eternidad del Espíritu”; serian publicados por el Ministro de Cultura a son de recordar a su viejo amigo, un busto en el centro de la Plaza de Humanidades que fue rebautizada, Plaza Reichman. Su hogar ahora vacío, sin gato o perro, sin sartenes o cucharas, sin rastros del humano dueño, ni de algún cuerpo. Solo una breve reflexión en una carta que causó revuelo entre intelectuales, académicos, jóvenes revolucionarios, estadistas y hasta ingenieros; que versa
Todo el movimiento grácil de la vida es tan aburrido como la confianza que se afinca en el confort del cotidiano, aun siendo el cotidiano el mas grande de los saberes adquiridos y el más importante de los principios para la felicidad humana entre las alienaciones de las ciudades que se hacen nuevas entre galerías, bailatas, teatros y conciertos; pero también entre la guerra y el desazón del silencio en los tristes caídos, los perdidos encontrados y los marginados que se vuelven grises entre puntos negros y blancos.
Determinar la eternidad en los movimientos cíclicos que solo cambian por necesidades ajenas, necesidades lejanas, necesidades de una moneda, de un capricho, de un ególatra niño, del poder en los bolsillos; no es comparable con el recorrido matutino de una rutina afincada que dura casi los últimos treinta años entre pasillos, viendo los rostros de los que son niños y se convierten en adultos encontrando sabiduría entre paginas de libros, entre los discursos sentidos de un maestro viejo y roído.
Pero no solo para el maestro. Para el campesino y su tierra, con sus frutos y sus bestias, con el buen y mal tiempo, con sus herramientas en el hombre y sus manos obreras. Para el carpintero y sus maderas, que si es olmo o abeto; para el librero que limpia los estantes y organiza por categorías los libros mientras los despoja del polvo; para el carnicero y para el cartero, para el poeta y para el músico, para el soldado y el policía, para el taxista y el mensajero. Se conocen por el mismo por una experiencia de años que se les afinco no solo en sus manos o el cuerpo, sino en su ser y en su tiempo.
Pero no son eternos, jamás lo serán, aun siendo recuerdos, como lo soy yo ahora que he dejado este inmueble tan intacto como hace veinte años que vivo entre sus paredes blancas que rechinan cada que entro al baño para darme un duchazo. Porque el tiempo correo la mente y los ladrillos, porque el tiempo deja pasar las guerras y las dictaduras, los nombres más relevantes que aun hacen eco y se señalan como símbolos de humanidad entre hombres, no son más que símbolos en el tiempo que representan una época que esta sentenciada a ser clase de historia y que puede ser en algún momento, para mal o bien, el detonante de un nuevo comienzo.
Es por ello que no hay eternidad absoluta, pues si dejáramos de existir todos en su conjunto, no habría quien recordara a quien, entonces no hay necesidad de grandezas, de actos al aire que inspiren al mas poderoso de los conquistadores o inventores, pues todo Alejandro Magno, Napoleón Bonaparte o Julio Cesar ha de morir en la misma tierra que el olvidado e intrépido labriego.
Entonces la eternidad es solo recuerdo mientras nos aseguramos de que perdure y si no perdura no se es eterno, entonces no es la base de la vida, es un ideal impuesto, entonces ser eterno es ese tramo que le da sentido al cotidiano que rutinariamente se convierte en vida y cambia nuestras vidas, como las vidas de quienes amamos; entonces somos eternos todos los días sin
necesidad del mañana o del ayer, solo del ahora.
Por ello entonces…
“Puede que perdiera la cordura, ahora que estaré lejos, pero he decidido por todos los medios vivir incontables vidas; por ello ahora seré todos los hombres que pueda y comprobare entonces, que ser eterno es vivir todo el tiempo que se pueda antes de irnos de este universo…”

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