Recuerdo la noche que cambió mi vida para siempre. Era un vigilante en el Cementerio Central de Bogotá, un trabajo solitario pero tranquilo. O eso pensaba.
La ciudad dormía bajo una capa de frío que se calaba hasta los huesos. La luna apenas se asomaba entre las nubes, y el viento helado pasaba silbando entre las tumbas y mausoleos. Caminaba por los senderos empedrados, escuchando el crujido de la gravilla y las hojas secas bajo mis botas, cuando un ruido rompió la quietud. Un lamento profundo, como el eco de un grito ahogado, provenía de la zona antigua del cementerio.
Me acerqué con cautela, el corazón golpeándome en el pecho, intentando convencerme de que solo era el viento. Sin embargo, al llegar a una lápida desgastada, vi algo que me heló la sangre. Sentada en la tumba de una niña que había muerto hacía décadas, una figura pequeña y frágil me miraba fijamente. Sus ojos eran negros como el vacío, y en su rostro había una sonrisa triste.
“¿Por qué me dejaste sola?”, murmuró, su voz apenas un susurro arrastrado por el viento helado. Me quedé petrificado. Sentía el suelo hundiéndose bajo mis pies, como si el cementerio quisiera tragarme.
La niña comenzó a llorar, un llanto sin lágrimas, y poco a poco se desvaneció en la penumbra. Pero antes de desaparecer, dejó una estela de sombra que se acercaba a mí. Intenté retroceder, pero entonces, escuché pasos detrás de mí.
Al darme la vuelta, vi que ya no estaba solo. Una procesión de figuras espectrales avanzaba en mi dirección, sus ojos tan vacíos y oscuros como los de la niña, sus sonrisas apagadas y tristes. Me rodearon en silencio, como si esperaran algo. El murmullo de sus voces se elevaba y descendía en el viento frío.
“¿Por qué nos dejaste solos?”, susurraban al unísono.
Intenté correr, gritar, pero mis pies estaban anclados al suelo. Sentía que la helada se me metía en el cuerpo, paralizándome, mientras las figuras extendían sus manos, heladas y pálidas, hasta casi rozarme. La niña, que había reaparecido en medio de las sombras, reía de forma cada vez más estridente, hasta que su risa se convirtió en un alarido que perforaba mis oídos y hacía eco en todo el cementerio.
Desperté en mi cama, sudando y temblando, sin recordar cómo había llegado hasta allí. Nunca volví a ese cementerio.
Años después, escuché que el Cementerio Central había sido cerrado por informes de actividad paranormal. Pero sé lo que vi. Aún hoy, cuando cierro los ojos, vuelvo a ver a la niña sentada en su tumba, con sus ojos negros fijos en mí, y oigo su voz de ultratumba, preguntándome con un susurro helado: “¿Por qué me dejaste sola?”.
Deja un comentario