Por: Paula Correa

Halloween nos recuerda cómo el terror puede estar presente en cualquier rincón. Es una temporada donde las decoraciones, maquillajes y disfraces de pesadilla forman parte de la ficción. Sin embargo, en Colombia hay algo realmente espeluznante que, lamentablemente, no pertenece al mundo de la fantasía: el matrimonio infantil, que es mucho más que una simple ficción de temporada. En cada región, en pueblos alejados y en hogares donde se cree que «así debe ser», persiste esta práctica que arrebata infancias y condena a cientos de niñas a una vida de obligaciones adultas antes de que hayan ni siquiera soñado con sus propias metas.
En pleno 2024, este tipo de historias no debería ser parte de nuestra realidad, y mucho menos deberían ser aceptadas por nuestra legislación. Sí, en Colombia, una niña de 14 años puede casarse, siempre que sus padres den el «consentimiento» necesario. Aunque esta autorización suena inocente, es el primer paso hacia una realidad escalofriante: niñas convertidas en esposas, obligadas a desempeñar roles para los cuales no están preparadas y despojadas de la posibilidad de estudiar, crecer y, en definitiva, vivir su niñez. Así como una pesadilla que no tiene fin, para estas niñas el matrimonio no es más que un ciclo perpetuo de responsabilidad, violencia y limitaciones. No olvidemos que la mayoría de estas niñas no encuentran un «hogar seguro» en sus matrimonios, sino una vida donde la violencia, el abuso y el abandono se convierten en su rutina.
Esos rostros infantiles atrapados en matrimonios tempranos no ven un final feliz; Para ellas, no hay escape fácil. Su vida, sus oportunidades y sus sueños desaparecen bajo una sombra impuesta por la presión cultural, la pobreza y, en muchos casos, la falta de educación. ¿Y dónde queda nuestro compromiso como sociedad para protegerlas?
En Colombia, el matrimonio infantil sigue estando disfrazado de «tradición» y se justifica en nombre de «valores culturales» que no tienen cabida en una sociedad moderna. Con cada niña que deja de estudiar para casarse, perdemos no solo a una estudiante, sino a una potencial profesional, a una mujer que podría haber construido su propia historia. En lugar de futuro, a estas niñas se les impone una vida que ni siquiera eligieron.
Es aterrador pensar que, en nuestro país, donde la ley debería proteger a las menores, todavía existe un vacío legal que permite este tipo de prácticas deshumanizadas. Para muchos, es algo que pasa en silencio, en la oscuridad de las cifras que apenas se mencionan, mientras el país sigue de largo. Pero no podemos quedarnos en la indiferencia: debemos exigir cambios y un cierre definitivo a esta práctica que pertenece a una época oscura, no a un país que aspira al desarrollo y la equidad.
Prohibir el matrimonio infantil en Colombia no es solo una cuestión de ajustar la ley; es una deuda moral, social e histórica con nuestras niñas. ¿Podemos imaginar el horror de una infancia arrancada por un «sí» que nunca se debería haber dado? Las verdaderas historias de terror en Colombia no están en los cuentos de Halloween, sino en la vida de esas niñas a las que se les arrebata el derecho a decidir, a estudiar ya soñar.
Este Halloween, recordamos que las verdaderas brujas y monstruos no están disfrazados, sino que se esconden en una sociedad que ha normalizado el matrimonio infantil. Por fin, debemos enfrentar este problema con toda la fuerza de nuestras leyes y de nuestra voz colectiva. El matrimonio infantil en Colombia es una sombra que nos persigue, y hasta que no decidimos enfrentarlo, las historias de terror no terminarán.

Sobre el autor:


Columnas recientes
Busca columnas por autor






Deja un comentario