Por: Hazzam Gallego

Esa noche, en el pueblo de San Dimas, el viento era pesado y los árboles se mecían como si estuvieran tratando de liberarse de una presión oculta y opresiva. San Dimas, un lugar de casas antiguas, de calles de piedra y de ventanas cerradas cada noche, se estremecía cada vez que el reloj marcaba las dos de la madrugada. Era a esa hora exacta cuando un maullido profundo, grave y extraño resonaba, partiendo el silencio como un presagio. La leyenda decía que el gato negro era el mensajero de la muerte, sus ojos amarillos, casi espectrales, eran los únicos capaces de ver a la Muerte misma moverse en las sombras.
Una noche, un visitante llegó al pueblo sin saber nada de esa historia. Era un turista, un joven curioso que se había alojado en una de las casas del centro del pueblo, atraído por el encanto antiguo del lugar. Se había pasado el día recorriendo los caminos y los campos alrededor de San Dimas, descubriendo sus ruinas, los rincones de historia y misterio en cada esquina. Al caer la noche, exhausto, se acostó sin saber que algo lo despertaría en la madrugada.
A las dos en punto, un maullido profundo lo sacó de su sueño. Era un sonido oscuro, rasgado, como un grito contenido de tristeza. Sintió cómo su piel se erizaba, y sin pensarlo demasiado, se levantó, sintiendo una extraña necesidad de seguir el sonido. Era como si algo en el aire lo llamara, algo que no entendía pero que lo guiaba con firmeza. Bajó al patio de la casa, y ahí estaba él: un gato negro de ojos amarillos, que lo miraba con una calma tan inquietante que el miedo lo paralizó.
—¿Qué quieres? —le preguntó en voz baja, aunque él mismo no entendía por qué sentía la necesidad de hablarle al gato.
El gato se acercó, rozando sus piernas, y el joven, cautivado por la extraña paz que el animal desprendía, lo acarició. Los ojos del gato eran profundos, casi hipnóticos, como si contuvieran años de secretos y de historias nunca contadas. Se sintió raro, como si el simple contacto con el felino fuera suficiente para que todo a su alrededor se tiñera de sombras más densas, de un silencio más frío.
De repente, el gato saltó de sus brazos y corrió, desapareciendo en la oscuridad. El joven lo siguió, como si una fuerza invisible lo arrastrara tras él. De pronto, una sombra, rápida y casi líquida, comenzó a moverse por las calles, deslizándose en silencio. Era una figura oscura que recorría cada rincón con una precisión escalofriante, como si supiera exactamente donde debía ir. El turista se quedó en el borde de la calle, observando cómo esa sombra atravesaba las paredes y se deslizaba por los marcos de las ventanas hasta entrar en una casa al final de la calle. Era la casa de la abuela Josefa, una mujer de cabellos blancos y mirada cansada, que vivía sola desde hacía años.
El silencio cayó sobre el pueblo tan rápido como había llegado la sombra, y el joven sintió que algo en su interior había cambiado, como si se hubiera llevado consigo una parte de él, una parte de su alma que no volvería. Se quedó allí, inmóvil, mientras el gato, desde la distancia, lo miraba con esos ojos que parecían comprender la fragilidad de la vida.
A la mañana siguiente, la noticia recorrió las calles. La abuela Josefa había fallecido en su cama, tranquila, sin dar signos de dolor. El pueblo guardó silencio en su memoria, acostumbrado a los rituales oscuros de la muerte, pero el turista estaba profundamente perturbado. No podía olvidar la presencia de la sombra, la velocidad con la que se había movido y el estremecimiento que sentía al verla.
Los habitantes del pueblo le contaron, con voces bajas y miradas cautelosas, la leyenda del gato negro, el mensajero de la muerte. Dijeron que aquel maullido era una advertencia, un aviso de que alguien pronto abandonaría este mundo. El gato, de algún modo, era parte de ese ciclo; anunciaba, acompañaba, despedía. Era el guardián de las almas que partían.
Esa noche, cuando el joven volvió a la cama, supo que algo dentro de él no sería el mismo. La imagen del gato negro y de la sombra recorriendo las calles de San Dimas se quedó grabada en su mente, como si fuera una marca imborrable en su espíritu. Había presenciado algo que no era para los ojos de los vivos.

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