¿Han escuchado en la mitad de la noche el lento raspar de los dientes negros, diminutos y precisos de las babosas? Ese incesante roer ensalivado y viscoso, sobre el metal, la porcelana y la madera. ¿No? Qué afortunados son ustedes. Para mí, todo empezó esa noche cuando descubrí una pequeña babosa arrastrándose por la pared mojada de la cocina en una noche de lluvia. La retiré con cuidado y la deposité entre la basura, sin asco ni miedo. Era blanda y gris, lenta y torpe.
Sin embargo, la noche siguiente también llovió, y volví a ver una babosa arrastrándose, esta vez por la pared. Repetí el acto varias noches, y siempre eran una o dos babosas parecidas las que rigurosamente entraban a la cocina. Dos meses después del primer avistamiento, comprendí que, a pesar de los torrenciales aguaceros, no era normal ese ejército de lentos visitantes nocturnos.
Un sábado, desperté temprano y seguí el rastro brillante que habían dejado por las paredes y el techo. La humedad emergía de un pequeño rincón en la pared del patio, la pared antigua de la casa que mi abuelo construyó hace 50 años con sus propias manos. Hundí una vara por el agujero, y la pared cedió débilmente, arrastrando consigo parte del piso donde estaba parado. En cuestión de segundos, había caído en una trampa viscosa de arena y miles de pequeños huevecillos de los que emergían babosas hambrientas que nunca habían probado la carne humana. Esos dientes diminutos rompieron mi ropa y arrancaron mi piel mojada de saliva.
Cuatro días después, la policía ingresó a la casa porque mis compañeros de trabajo me habían reportado desaparecido y advirtieron que publiqué en mis redes sociales una última fotografía junto a la ventana del comedor, con una copa de vino en mi mano. Estuve en observación médica durante tres meses; curaron mis heridas y sometieron mi rostro a cirugía plástica. Pero el motivo de mi reclusión en esta institución de salud mental no es el trauma, sino la pesadilla de cada noche: aún escucho el lento raspar de los dientes negros, diminutos y precisos de las babosas, dentro de mí.
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