HISTORIAS PARANORMALES EN EL MARCO DEL CONFLICTO ARMADO EN COLOMBIA: CRÓNICAS DE LA GUERRA – PARTE 3

Por: Nerio Luis Mejía.

Las historias que les hemos presentado a través de La Chuzma Editorial, que narran una serie de sucesos paranormales en el curso del conflicto interno colombiano, son una muestra de arraigos culturales que reflejan las creencias de nuestra sociedad, las cuales se anteponen a las diferencias políticas. e ideológicas que han tratado de justificar la guerra en nuestro país.

Hoy les presentamos una de esas historias que parece sacada de una película de terror, contada por el protagonista que vivió en carne propia una serie de sucesos paranormales que ocurrieron, no en las selvas de Colombia, sino en las espesas selvas del territorio venezolano.

Un excombatiente, a quien llamaremos William para proteger su identidad, me cuenta su experiencia. A pesar de haber depuesto las armas, persiste el temor de ser asesinado, como ha ocurrido históricamente en Colombia con aquellos hombres y mujeres que se han acogido de manera colectiva a los diferentes procesos de paz, así como a los programas de desmovilización individual.

William, quien formó parte de una estructura del Ejército de Liberación Nacional (ELN) en los años 90 y principios de los 2000, época en que la guerrilla hacía presencia en las Serranías del Perijá, recibió la orden de su mando inmediato de internarse, junto a dos compañeros, en la densa selva venezolana. Su misión era construir un campamento que alojaría a los miembros del Comando Central del grupo ilegal, conocido por sus siglas como COCE.

Los tres guerrilleros aprendieron un proceso de exploración desde el Perijá colombiano en busca de un lugar que cumpliera las características para establecer un área de campamento. Luego de tres días de camino, divisaron un sitio muy tranquilo, perturbado únicamente por la gran variedad de especies de fauna que lo habitaban.

Los animales silvestres, entre ellos ñeques, guartinajas y zainos, habían creado caminos tan amplios como los de los humanos. Al avanzar, los guerrilleros hundían sus pasos hasta las rodillas en la gruesa capa de hojas secas y demás restos vegetales, los cuales se convertían en nutrientes para la flora y fauna del lugar. No había maleza, y los árboles gigantescos creaban una densa sombra que servía de techo natural, protegiéndolos de ser vistos desde el espacio.

Al notar los senderos de los animales, los guerrilleros decidieron armar un trampero para cazar presas. Sin embargo, al día siguiente, descubrió que el trampero había sido desarmado por completo. Los plomos, la pólvora y los tacos de papel estaban desperdigados sobre hojas en el suelo. La situación los alarmó, y pensaron que podían estar siendo seguidos por un «zorro solo», como denominaban a los miembros de las fuerzas especiales del Estado.

Decidieron montar guardia esa noche. William cuenta que, a las diez de la noche, el guardia en turno escuchó unos pequeños pasos que quebraron una rama. Subió su linterna y vio un par de pequeños ojos que brillaron bajo el haz de luz. Sin prestarle mucha atención, el guardia regresó a su puesto, pero poco después volvió a oír los pasos, esta vez mucho más cerca. Lo que observaron no fue un animal pequeño; Era una figura espectral y aterradora, una gran silueta fantasmal a la que le disparó tres veces. William hace una pausa y me muestra su brazo izquierdo: la piel se le eriza al recordar.

Cuando su compañero disparó, un vendaval furioso sacudió la selva, doblando los grandes árboles como si quisiera arrastrarlos hacia un abismo. Los guerrilleros salieron corriendo, abandonando sus pertenencias. En su huida, observaron una huella descalza que parecía de un solo pie, concluyendo que la figura a la que su compañero disparó era el espíritu de la «Pata Sola». Después de dos días de caminata apresurada, se presentó ante el mando y relataron lo ocurrido. Aquel campamento inacabado fue bautizado como «Campamento Espíritu».

Imagino que ese lugar, donde la flora y la fauna reinan, sigue siendo custodiado por ese espíritu imperturbable que una vez ahuyentó a William y sus compañeros, evitando la profanación de las sagradas selvas. La presencia de aquel guardián parece rechazar cualquier intento de invasión, y la historia de William permanece como un recordatorio de que, para algunos, las armas solo traen muerte y dolor, rechazados por aquel guardián que custodia desde el más allá.

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