He medido mi vida en cucharaditas de café T. S. Eliot
Amanece. Es momento de volver del país de los sueños y abrir los ojos a la vida. El letargo se niega a dar tregua en los sentidos y, sin embargo, debo desterrarlo de mí para poder habitar el nuevo día, para soportar nuevamente la caótica y necesaria marcha del mundo.
De repente, el olor del paraíso inunda el aire. La noche se hace líquida y se sirve en una taza. Oscuro milagro que sorbo a sorbo hace nacer el sol en medio de mi pecho. La calidez abriéndose paso en mi garganta galopa luego por mis venas, invitándome a dejar atrás cualquier rastro de las sombras del sueño.
Café mañanero: en ti habitan el sabor de la tierra, de los campos, del amor que vive en las inocentes manos campesinas, de la madera, de los recuerdos, de las conversaciones casi interminables y de todo lo terrestre.
En cada gota de tu dulce y negro elixir hay un pequeño regalo del cielo para mi paladar. Que nunca me falte el breve ritual matutino a sorbos que a diario me ofreces; que tu oscura presencia lleve luz y energía a cada rincón de mi existencia.
Infúndeme vida, dame tu aliento oscuro para que a cada latido pueda renacer.
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