Por: Jonathan Niño (Muelaz Mc)

Querido lector,
Hoy quiero llevarte al corazón de un sueño llamado LiberArte. No fue una decisión premeditada ni algo que planeará desde el principio, sino más bien una chispa inesperada, un impulso que nació de ese lugar misterioso donde las ideas más grandes suelen esconderse. Era como esa sensación inquietante de saber que algo grande está por ocurrir, pero sin tener claridad sobre cómo ni cuándo. En esos momentos, muchos piensan que soñar es lo último en la lista de prioridades. Nos preocupamos por el orden, por los costos, por el “cómo”, pero yo decidí empezar desde el principio: soñando, confiando en que lo más importante era tener una visión.
Desde siempre he creído que la educación es la herramienta más poderosa para enfrentar la vida. No solo para superar los retos de la adultez, sino para enfrentarnos a las adversidades de manera más resiliente. Y aunque el concepto de educar estaba claro en mi mente, me encontraba frente a un desafío personal que parecía mayor de lo que podía manejar. Me faltaba experiencia, me faltaban herramientas. Pero siempre he sido fiel a la idea de que cada uno de nosotros tiene un propósito que cumplir en la vida, y ese propósito comenzó a tomar forma dentro de mí. Lo que inicialmente era una chispa, poco a poco se convirtió en una llama, un anhelo de crear algo que trascendiera mi propia existencia. No solo para mí, sino para mi familia, para mis hijas, y para los jóvenes que, como yo en su momento, necesitan una guía, una dirección y nació con el este lema “Los Sueños Sin Lucha, Solo Son Sueños de almohada”.
En ese camino, un gran amigo y pastor me dejó una enseñanza que jamás olvidaré: «Si Dios invita, Dios paga.» Con esa fe y convicción, comencé a estructurar mis ideas, a darle forma a ese sueño. Muchas veces, mientras trabajaba, escribía frenéticamente lo que se me ocurría sobre el proyecto. Visualizaba una escuela de artes, un lugar donde los jóvenes no solo pudieran expresarse, sino también encontrar una salida, una puerta hacia la libertad que necesitaban para alejarse de las drogas, para sanar sus vidas y restaurar sus familias. Y así fue como comenzó a tomar cuerpo la Escuela LiberArte Ciudad Bolívar.
El nombre no podía ser cualquiera. Tenía que reflejar la esencia de lo que quería transmitir. No buscaba algo exclusivamente religioso, pero sí que encapsulara esa libertad que Dios me había otorgado y que, a través del arte y el hip hop, yo quería compartir con el mundo. Algo que resonara profundamente en el corazón de los artistas. Así nació LiberArte, un nombre que no olvida sus raíces, pero que tiene la fuerza para trascender en el tiempo.
Con la visión clara y un nombre que reflejara esa libertad artística y espiritual, llegó el momento de dar el siguiente paso: convencer a mis amigos y familiares de unirse a esta locura. No fue fácil, pero poco a poco, con mucho entusiasmo, comenzaron a sumarse. Invirtieron su tiempo, su dinero, sacrificaron horas de descanso, y lo más importante, pusieron su corazón en este proyecto sin esperar nada a cambio.
Así, LiberArte cobró vida. Organizamos el primer festival Somos Más que un Juguete, y lo que al principio parecía un sueño difuso, empezó a tomar forma en realidad. Realizamos talleres de freestyle, graffiti, y danza urbana. Llevamos nuestro mensaje a colegios y a otros espacios de participación. Y cada paso, cada pequeño logro, era una reafirmación de que este proyecto no solo tenía sentido, sino que era necesario.
Pero esto, querido lector, es solo el comienzo. El viaje apenas empieza, y en la próxima columna te contaré más sobre cómo esta chispa se ha convertido en un fuego que hoy en día ilumina vidas y comunidades. Porque cuando los sueños son más grandes que uno mismo, el impacto es tan vasto como inesperado.
Continuará…

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