Por: Mauricio Garro

Mientras el detective Ethan Cole continuaba investigando las desapariciones, notó que algo no encajaba en el comportamiento del sheriff. El pueblo parecía tener un pacto de silencio, y aunque las personas del pueblo evitaban hablar, cada mirada nerviosa, cada puerta que se cerraba en su rostro, apuntaba a que Franklin estaba demasiado involucrado. La vieja Martha insinuó algo más profundo: «No fue hasta que llegó él…», dijo con voz quebrada, antes de detenerse, aterrorizada.
Intrigado, Ethan decidió investigar más sobre el pasado de Franklin. Lo que descubrió fue perturbador: Franklin había sido sheriff en otro pueblo antes de Hollow Creek, donde también hubo desapariciones sin resolver. Parecía que dondequiera que iba, la gente simplemente desaparecía.
Ethan comenzó a seguir a Franklin, esperando encontrar respuestas. Una noche, al notar una actitud más sospechosa que de costumbre, decidió regresar solo a la comisaría cuando el sheriff no estaba. Se coló en las instalaciones, explorando cada rincón en busca de alguna pista. Fue entonces cuando notó una puerta en la parte trasera, que parecía llevar a un sótano cerrado con llave.
Rompiendo la cerradura, bajó por las escaleras, y lo que encontró lo dejó sin aliento. El sótano estaba oscuro, pero el olor a putrefacción era inconfundible. Encendió su linterna y lo vio: cuerpos. Los cuerpos de las personas desaparecidas estaban amontonados, algunos en avanzado estado de descomposición, otros frescos, con sus ojos abiertos en un silencio eterno de horror. Franklin había estado guardando los cadáveres de sus víctimas en su propio lugar de trabajo.
El shock recorrió el cuerpo de Ethan. Sintió una oleada de desesperación, sabiendo que el sheriff, el hombre que debía proteger al pueblo, era en realidad un monstruo asesino.

Sobre el autor:


Deja un comentario
Escribe un comentario…
Comentarios


Deja un comentario