DE PLAZA EN PLAZA

Por: S.C. Ruiz

La luz de un sol mañanero entró por las ventanas del pueblo, seguida está de un brillo que despierta en las hojas verdes de los geranios, las azucenas, las margaritas y las rosas en el rocío de un viejo enero. Los niños que despiertan con bostezos, los chocolates que empiezan a pedir el queso, el café que se tuesta y se muele, las almojábanas que huelen en el horno.

Se miran entonces las manos y se escucha con los ojos; ahí donde se encuentran las ropas y se extienden los cuerpos, entre camas y los roperos, suenan los timbres y los llamados para ir al colegio.

Los maridos que ya están bajando con mula de la cumbre en lo alto de la sierra, cargando papa y mazorca; con botas y machete, con poncho o ruana.

Las madres que azotan el tiempo y preparan a todos con magia de vientre, con mano curadora y sonrisa de oro.

Suenan los cascos en la entrada pedregosa de la plaza, suena el relinchar de los equinos briosos y la entrada de los buses cargados con gente de colores, de rostros divinos y con manos de corazón.

Entre todos los que pueden ser y son, entre los que se han perdido y se han encontrado, como por arte de la vida, por la divina providencia o los menesteres de un destino que no es mas que la magia del propio camino. Isidoro Colorado se posa en los bancos a leer libros, con su carroza que va colgada a un humilde carro, un Renault 4 amarillo y con llantas de cara blanca, con una hermosa camándula de madera colgada en el retrovisor, con los sillones cosidos y con el olor típico del café por las mañanas.

De este va amarrado una especie de convertible de madera, metal, clavos, pintura, hojas, cuero y tinta; Con algunas sillas, con muchos libros, con algunas velas y unos pequeños faroles. Un letrero en rojo que dice “Los Cobardes mueren muchas veces antes de su muerte, Los Valientes sienten el gusto de la muerte solamente una vez. -Shakespeare”

Acompañado de unas repisas grandes, repletas de libros por lado y lado. Con un par de vinilos viejos y un tocadiscos que florece en bronce reluciente, con arreglos tupidos en plata a forma de hojas que nacen en un negro rechinante por la laca y limpión de tela. De pueblo en pueblo, visitando cada plaza, contando cuentos, haciendo aparecer de entre sus páginas para los más chicos mariposas voladoras como castillos lejanos, para los más jóvenes una energía imaginaria de futuros múltiples, para los enamorados el eclipse de sus retozos ensoñados, para los perdidos el posible de un camino que aún nublado aparece en sus pies, para los que se sueñan un principio para tocarse entre imágenes con sabor a miel.

Un hacedor de fotografías y de películas, de aves y amaneceres, de flores y de acantilados, de monstruos y bellos retratos. Isidoro que se hace viejo, con sus setenta y cuatro pintas en las canas que resaltan en su barba un tanto deshilada y en sus ojos saltones que dejan ver que aún es un infante, resistente al intrépido susurro del fin, como un amante claro de las increíbles noticias imposibles.


Es esta entonces la historia de cómo este hombre encontró el amor a los setenta y cuatro años, perdido se vio en ella por solo su voz, que al reconocerle de entre tantos, con solo escucharle se terminó encontrando en su rostro viejo que sigue siendo el mismo que cuando jóvenes alguna vez este le quitó el aliento.

Es esta la historia pues de como Shakespeare susurro al olvido, para que en los oídos del viejo no hubiera miedo de su inamovible fin natural. De su intrépida forma de ganar en el ajedrez, como de hacer amigos para meramente hacerlos sonreír. Sin importar la edad, se queda en las plazas para regalar sus pasajes, sus visiones y recuerdos.

Solo, pero sin estar del todo solo, sin tener familia hizo miles de amigos, el viejo Isidoro. Pidió asilo entonces en el corazón de todos los que en las plazas se perdían para escucharle en versos su poesía o sus cuentos, que sus novelas son eternas y no deberían terminar nunca o que sus palabras fueran el cantar de un turpial.


Se escapó estando tan viejo de una cárcel para canosos, viendo la muerte entrando sin pedir permiso, llevándose a sus queridos amigos. Ya ni el llanto era necesario, pues la marcha de los ataúdes era más normal que el tener un desayuno caliente o un buen café que despierte los huesos.

Sus contrincantes de ajedrez dejaron quietas las blancas y las negras no se movieron más nunca.


Como un experto joven que se escapa de casa, empresa puesta por un amor salvaje de primavera, Isidoro sacó sus billetes debajo del colchón, desempolvo los zapatos, el traje de paño, el sombrero de copa y hasta los pañuelos blancos.

Se fue y nunca volvió, dejó cartas y dejo fotos, pero no dejó el alma, porque esta se fue mucho antes que su cuerpo, porque nunca jamás a esa cárcel perteneció.


Abandonado fue, pero jamás se lamentó, decidido a vivir y entonces huyó. Fue entonces que decidido a vivir, gastó su dinero ahorrado en un mes de la mejor manera, para ello compró un viejo Renault 4, los libros que quería leer, creó una librería rodante y una casa que llevar a todas partes.

De plaza en plaza entonces se movió, como un trotamundos recorriendo los pueblos, llenando de magia con sus versos y reviviendo viejos pensamientos.

Se encontró de nuevo con la vida, el viejo Isidoro, a una edad tan entrada en los años, pero no importo, se transformó viajando; se enamoró de la linda Gloria, le entregó sus versos y poemas, le dio amor con forma de vino.

Enseñó sus más preciados pasajes a los transeúntes intrigados, yendo y viniendo; pero hasta que un día no se volvió a ver, no se le encontró tomando por mera necesidad las plazas, el sonar viejo del exosto de ese carro viajero.

No volvió nunca más, entonces todos lo extrañaron, todos lo lloraron y apareció de pronto, como por acto de milagro, un regalo desde los cielos, volaron páginas todas llenas de palabras de Isidoro escritas a mano o a máquina.


Entonces las recogieron todas, se dio el trabajo a sus mas queridos amigos de cada pueblo – editen pues las palabras del querido Isidoro, que eternamente nos siga contando historias, así sea en estas que escribió y que llegaron volando como regalo – dijo el alcalde mayor.


Se terminó de editar dicho libro, que cuenta con setenta y cinco historias cortas; todas escritas por un viejo que se escapó de la vida y de la muerte, para al final de este dejar un epitafio dedica a la vida y a todos…

“Siéntame yo protegido por los menesteres del coraje aun estando viejo, siendo este instante de despedida mi único momento. Eternidad serán mis recuerdos, mis palabras y mis cuentos; que tal vez pueda seguir siendo, si me lo permite el tiempo en el tiempo, entre los hombres y los que siguen viviendo, para que me retraten con amor, como mi amor a las plazas, a las flores, a la mujer que me reconoció siendo arrugas, como los que me escucharon crear imágenes al aire.


Solo puedo advertir en estas cortas palabras, que aun sin saber cómo nace el amor y como muere este, que todo corazón va a sanar y volverá a esperanzarse para ser, todo cuando menos lo espere, aún si dicha espera toma setenta y cuatro primaveras. Para entonces, sin más, estar preparado para decir adiós…”

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