Le pido oportunidades a una insensible que no espera a nadie. Ni siquiera gira a mirar quien se ha cansado y dejado de caminar. Ella vive su día libre, despierta a apesadumbrada o radiante dependiendo del clima, desde donde la vean. Se viste honestidad y camina con sus tacones de indiferencia.
A ella en realidad solo le importa ella y nadie más que ella. Si tú la detallas, quizás y te mire risueña, como quien se ha ganado la rifa sin tirar el número, como quien sabe que quiere, quien entiende el juego de engañar y ganar.
Es tan hermosa, tan llena de vida y tan voluptuosa, con sus curvas peligrosas, con su largo cabello que al mirarlo es como un vicio. Y sus labios, son carnosos, rojos como la sangre que ha mas de uno a hecho derramar y que han muerto solo por desearla, por poder tenerla.
Como un veneno, es una adicción. Pero yo la besaría, la apretaría fuerte en mis brazos y trataría a juro de grabarme en su pecho y en su piel, porque sin ella no vivo, no podría. Me destruye no sentirla cerca y mucho menos mía, tan mía como jamás lo ha sido. Pero tan ajena que no se pertenece a ella. La veo y miro a una dama de buena vida, sin dolores, pero con tantas historias que, si comienza a contarlas o siquiera enumerarlas, la callaría con mis lágrimas, con el amor tan irónico que le tengo, quizás y esta vez mi manipulación si sirva. Odio escucharla y prestarle atención cuando es ella la que sufre en mi lugar. La amo tanto que debo odiarla, debo alejarla de las esperanzas que pongo en ella cada que vuelve a mi a mostrarme migajas de lo que llamamos “amor” y de lo que creemos que es.
Ella se ríe y dice que yo solo soy una cobarde y que por eso no puedo dejarme de mis inhibiciones y sentirla cerca mío sin sentir más que miedo. Pero temo ya no poder despertar, temo de la conciencia tan noble que me persigue todos los días, ese dolor sordo que agranda una herida tan fantasmal pero tan mortal como un parásito. Se me pega en la piel y no hace más que picar mis pensamientos y crearme ideas raras. Un parasito al que esta dama me ha sabido acostumbrar, que me ha carcomido todos estos años y que aun hoy no me ha sabido dejar en paz. Y, aun así, ella todavía me sonríe, ya no como la primera vez, pero trata de hacerlo, de seguir engañándome y llevarme a sus fauces, a sus hermosos brazos cálidos, bajo su canto lleno de mentiras que me duermen.
La vida no me ha dejado esta vez y he tenido que vivir un día más de agonía con ella. La odio.
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