ROTITOS DE AMOR

Por: Marcela Espinosa

Con sueños e ilusiones, partiste en ese avión,
aquella tarde fría y lluviosa en que el cielo se pintó de gris.
Las gotas de lluvia lloraban conmigo, aún junto a ti.

Me comí aquellos besos que tenía reservados para ti
en aquel aeropuerto, para que te despidieras por fin.
Me abrazaste y me miraste fijamente,
mientras me decías, entre sollozos, lo mucho que me amabas
y cómo confiabas en que nos cuidaría bien,
pues la historia de amor aquí no acabaría.

Volví ansiosa a tu casa, a rebuscar entre tus libros
las palabras que no me habías dicho en este tiempo.
Acaricié con la yema de mis dedos cada uno de ellos,
como si fuese tu rostro. Lloré en silencio sobre tu cama,
mientras percibía en tu desorden que así dejaste la vida mía.

Esa noche no dormí, pues el sueño se escapó contigo.
Te vi a través de una pantalla, y se sintió como una cruel
malla imposible de saltar. Mis labios te querían besar
y decirte todo aquello que en estos meses no había repetido lo suficiente.

Días después, tu voz me desconocía.
La dulzura, la ternura y la alegría sufrían de raquitismo.
El reproche se volvió robusto, y la pelea, el pan de cada día.
Aún en medio de tanta algarabía,
de mi boca brotaban palabras: «Te amo, vida mía»,
tras un «Te extraño», sin saber el daño que en mi corazón yo sentía.

Entonces llegaron voces ajenas a destruir tu imagen
y a quien yo conocía. Peleé con uñas y dientes,
pero no era consciente de que mi ambiente no estaba sano
y que poco a poco me debilitaba.

En la pantalla titilaba tu nombre, entre dos corazones rojos.
Al hablarme, sonreías, y yo fingía estar bien,
sin exponerte a este vaivén que se convirtió en mi vida.
Fingía tanta alegría y normalidad que no divisé
la maldad a la que mi vida se exponía.

Terminé haciendo rotitos en este amor
que al principio fue esplendor, pero hoy se tiñe de dolor.
Y es que en mí se ciñe el silencio y la desconfianza,
y no es contra ti, es algo que apaga mi estancia en este mundo, poco a poco.

Solo diré que si con amor no te toqué,
no quiero hacerlo con el dolor, y menos sin el calor
con el que de este amor brotó. Trata de ser fructífero
quien no se tenía planeado, pero desde ya es llamado
el fruto de aquel amor.

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