¿Por qué decimos que la felicidad es la perfección? Porque nos estancamos buscando una felicidad pasajera, como el último bus en el que se embarca el amor de tu vida y le ves marchar, desde una primera fila y no dejas de sentir como ese órgano palpitante, como ese tonto corazón se parte una vez más, se aleja de sopetón sin esperar a que siquiera nos idealicemos.
Creo tal vez, que la vida la tiene conmigo, porque en todo este tiempo no he sentido una plenitud total, pero solo me puedo comer mis lagrimas y cada cucharada de comida no es más que un peso para mi alma que solo yo puedo ver. Creo que mi yo pide a gritos que pare de hacerlo y me deje morir de la tristeza o frente al bus en que se fue mi amor, a ver si quizás así baja a mirarme y decirme que no se volverá a ir.
Pero incluso si lo hace, mi corazón se vuelve insensible para no sentir esta agonía de verme y sentirme sola, abandonada hasta por mi misma, tirada en un cause dejando que el rio se lleve la sangre y mis dolores y que quizás, con toda su fuerza, pueda llevarme muy lejos de ahí, tan lejos que ya no reconozca los mares ni el golpeteo del cauce.
Una calma total que me destruiría, porque por dentro jamás han dejado de llorar mis pesares, que poco a poco se convirtieron en el maldito cause que me llevo a esta estúpida muerte.
¿Qué existirá después de mí? Espero que nada, que nadie tenga que leer la tristeza en estas palabras, que nadie se retrate en lo que crean que quizás yo sentía. Espero que quizás si me extrañen, que tal vez luego de haber huido, les haga falta poder tenerme para ver las desgracias de la vida. Que pierdan una parte de su ser, porque me he llevado conmigo lo más importante o lo más polémico. O que luego de mí, nadie tenga que sufrir las indiferencias del destino y la manera en que decide jugar malas bromas.
La vida jamás ha tenido la buena voluntad de contarnos la verdad.
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