VIVO POR TÍ

Por: E. Rivera

Recuerdo mi infancia como un lindo borrón. No tuve padres como figuras de autoridad, solo muchas personas que se hacían pasar por algo que no eran.
Mi abuela, desde pequeña, me mintió de la manera más linda, diciendo que mis padres eran ángeles y que desde el cielo me cuidaban, que a ellos podía verlos en las noches en el cielo nocturno, que las estrellas más grandes y brillantes eran ellos, mis padres.
Crecí sintiendo que todo era mi culpa, que su falta de existir tenía que ver con mi existencia, que tal vez si yo no estuviera, ellos habrían vivido muy felices. Crecí creyendo que, aun sin tener coherencia, merecía este tipo de karma, en el que nunca vería la cara de mis padres más que en una enorme foto enmarcada, y que viviría envidiando a mis compañeras de colegio con sus mamitas llevándolas de la mano o enviando ricos refrigerios para ellas.
Me acostumbré a la dulce ignorancia de creer que ese dolor me lo merecía por nacer, por existir y por quitarle la vida a mi madre durante el parto. Crecí sintiéndome así.

Mi abuela me crio lo mejor que pudo, dándome todo lo que estuvo a su alcance para hacerme la niña más feliz, llenándome de un privilegio que hoy día sería imposible. Pero le fallaba; me seguía sintiendo vacía, alejada de mi lugar, despersonalizada del hogar de donde debería ser.
Y pasó, como un capullo, tuve que alzar vuelo de mi nido. Sin querer, me alejé con el alma rota y partida en dolorosos recuerdos y crudas palabras.
Había perdido mi ser, mi motivo de vivir, mi impulso de seguir. Todo lo vi tirado, roto, sin manera humana de arreglar y con miles de errores tan visibles como la herida que me causó mi propio hogar.

Tenía madres, toda mujer involucrada en mi vida la veía con ojos de madre. No podía escapar de buscar una mamá en todas esas personas que usurpaban, de alguna u otra manera, ese cálido y sagrado lugar. Y no me hallaba; les puse nombre, pero nunca cara, porque no quería borrar el único recuerdo de mi verdadera mamá.
Dolía, dolía pedirle a un insensible dios por mi mamita, por una verdadera persona que en su vida sí me amara lo suficiente para no abandonarme como sentía que ella lo había hecho. Prefería creer que era mi culpa, que nadie en su aburrida vida tendría el corazón suficiente para dejarme a mí aquí y no haberme llevado con ella a un lugar mejor, incluso si era su frío vientre o sus congelados brazos.
Mi madre, esa abuela paterna que daba su vida por mí, nunca estaba en nuestro hogar, estaba en otras casas trabajando, llenando espacios en moradas ajenas, olvidándose de que tenía a una niña pequeña de la cual cuidar y llenar de amor.

Criada en otra casa, encontré un lindo refugio, un verdadero hogar donde sí me amaban, donde me veían como su todo, como su niña adorada. Me cuidaba una familia llena de mucho amor para dar. Una familia con la que comparto todos mis buenos y malos momentos, pero nada de sangre.
Aprendí a quererlos, a preferirlos antes que a nada, y aunque me llene de orgullo, los sigo prefiriendo a ellos antes que a mi verdadera sangre.
Aprendí a vivir gracias a ellos, a su dedicación y a su lógica para la vida, aunque odiara ir todos los domingos a misa o madrugar por esas mismas vigilias.
Aprendí a leer encerrada en la cocina de esa casa, mientras cocinaban las deliciosas comidas y me tenían cautiva de mis impulsos de querer rendirme a todo.
Aprendí que cuando no se valoran a las personas ni el tiempo que nos dedican, la vida se encarga de enseñarnos que todo nunca va a estar ahí cuando por fin deseemos retribuirles el tiempo que nos regalaron y que, sin saberlo, podemos perderles en los momentos menos esperados y cuando más creemos que todo estaría bien.

Cuando no podía ni conmigo y el día se me dañaba en mi hogar, huía a esa casa, a la casa de crianza, y aunque no lloraba, me desahogaba hablando como si un tigre hubiera perdido sus garras y solo pudiera hablar con el silencio. Y no me dejaban, nunca me aconsejaban rendirme, ni tirar las cosas y huir, menos dejarme acobardar por palabras vacías. Solo me escuchaban y quitaban mis penas, quitaban ese dolor que hoy aún me persigue.

Me acostumbré entonces a la presencia de una tía en particular, con quien siempre me he sentido yo y a quien le puedo contar todo sin sentirme juzgada o ahogada. Ella también, en sus dolorosas penas o divertidas anécdotas, ha depositado en mí el mismo amor ciego e incondicional que deposité yo desde el día que llegué a esa casa de crianza.
Pero bien dicen que quien se acostumbra a la buena vida nunca sabe cuándo le llegará su doloroso momento.
Y llegó, con todo el peso de miles de miedos y temores que todo ser humano puede sentir, con la latente sensación de que un día será el último y ya no podrá despertar. Porque quien sueña despierto, vive dormido a la triste realidad que la vida nos puede preparar.
Ella siempre ha tenido anhelos, como todo humano, sueños esperando por hacerse realidad y llenarlos de alegrías y hacer una vida feliz junto a quien desee.
Pero nunca pudo. No pudo llenar su vida de metas, por lo que se dedicó a la vida de hogar, dejándome brillar a mí en su lugar, sin yo tenerlo en cuenta. No se llenó de metas, pero yo le he dedicado todos y cada uno, sin que ella lo supiera, de los logros que poco a poco voy obteniendo, tratando de llenar mi vacío de ser elogiada y recompensada con amor maternal.
Porque la amo tanto, la quiero tan presente en mi vida como siempre lo ha estado desde que me crió junto a su mamá, desde que me dejó estar en su vida y compartir la mía con ella. Porque si la vida decide robar algo, prefiero que sea mi vida a cambio de la suya.
Porque he de darme cuenta que le llegó su edad y seguía sola, sin hijos, con una enfermedad atormentándola cada día.

Me llegaba la duda: ¿se sentía sola? ¿Mi compañía tan irónica no servía? Me carcomía la incertidumbre.
Pero, ¿ganaría algo? Me dolería saber que la respuesta sería afirmativa y que se sintió sola siempre, incluso cuando murió.

Su cajón estará lleno de arreglos florales, pero no de su propia familia, solo su querido perro caprichoso y una sobrina con la que no compartía lazos sanguíneos, pero que le lloraba como si hubiera muerto su madre.

Porque sé que, si un día despierto de un lindo sueño y entiendo que tú ya no estás aquí, sé que aun así estarás para mí. Sé que me apoyarás y serás siempre mi verdadera madre, porque ese es el único motivo, porque yo solo vivo por ti.

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