PROGRESISMO CON PETRO

Por: Ramón Ruiz Contreras

El 12 de septiembre, en el periódico El Tiempo, el columnista Gabriel Cifuentes Ghidini, publicó un artículo titulado “Izquierda sin Petro”, donde diseña un perfil de Petro y pronostica el futuro de la izquierda del país sin su principal líder. Es manifiesta la intención ciega del señor Cifuentes por hacer ver a Petro como un dictador, monolítico y salvador que descalifica una realidad comprobable con los hechos.

Desconcertante que el señor columnista despliegue sus ideas con el imaginario que va de boca en boca y que no se percate de ello. El país se ha acostumbrado a describir al mandatario con los calificativos que cualquier parroquiano repite en las esquinas. Summa falta de rigor y de ligereza. Lo llama caudillo y sustenta que el culto a la imagen de Petro alienta en sus seguidores una adoración que anula el debate de las ideas. Nada más falaz. Si Petro alienta un culto a su imagen se debe a que ha sido una figura esencial para la consolidación de fuerzas que no pertenecen al establecimiento, y eso, señor Cifuentes, es perfectamente posible dada la historia de nuestro país que ha excluido sistemáticamente a otros sectores que ven al país no como un botín sino como una confluencia de actos desacertados en desmedro de los derechos. Que Petro ponga su imagen por encima del debate público es falaz y tendencioso. Llega tarde señor Cifuentes, Petro lleva más de treinta años debatiendo las ideas y convocando a este debate desde el Congreso, desde sus redes y desde la plaza pública. Que debatir con él sea todo un reto es otra cosa, dudo de que haya en este país quien pueda tumbarle sus argumentos que no sea con mentiras y falacias.

“Si, en cambio, por fuera de las obsesiones del caudillo, la justicia social, la promoción y la redistribución de la riqueza y la protección del ambiente, se asumieran desde una izquierda renovada y enderezada a construir consensos posibles…”-continúa el columnista, mostrando a Petro como un líder incapaz de hacer consensos. Se le olvida que Petro lleva muchos años llamando a un contrato social, a un acuerdo sobre lo fundamental, que las fuerzas opositoras al cambio han torpedeado siempre.

“Su visión anacrónica impide avanzar en un modelo creíble y sostenible de izquierda…” ¿Es anacrónico hablar de transición energética? ¿Es anacrónico hablar de progresismo como un modelo político que deja atrás las rigideces de la izquierda tradicional? ¿Es anacrónico hablar de redistribución económica? ¿Es anacrónico hablar de reformulación del pago de impuestos? ¿Es anacrónico hablar de una nueva sociedad donde prime el conocimiento? No, señor columnista, usted confunde la descripción real que hace Petro del país, sí anacrónico que tenemos, con su propuesta progresista de gobierno.

“El aporte democrático de una izquierda moderna no puede provenir de la idea fracasada de la lucha de clases como motor de la historia…” La lucha de clases ha sido y será un tema recurrente en la historia de la humanidad desde el hombre de las cavernas, que en sus inicios vivía de igual a igual con sus semejantes pero el desarrollo tecnológico y social lo fue convirtiendo en un antagonista de su congénere. Esta lucha sólo desaparecerá el día que, como humanidad, podamos recuperar la justicia y equilibrio que usted, ignorante de la historia, pretende desconocer.

Sugiere usted que Petro alienta una especie de lucha armada desde las ideas y no ya desde la clandestinidad. ¿A qué se refiere? Es para usted la confrontación ideológica el sucedáneo de la confrontación armada? ¿Lo ve usted como una secuencia inevitable? Se equivoca, si alguien ha dejado atrás esa idea es Petro que se ha concentrado en subrayar constantemente la falta de sentido de cualquier camino violento. Que él convoque a las calles, que la lucha sea ideológica, es perfectamente lícito y posible, y los países que han logrado cambios sustanciales lo han  hecho a través de la movilización. La historia lo dice, no Petro. Quien realmente manifiesta una visión monolítica y  una rigidez en su manera de concebir la realidad del país es usted, señor columnista.


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