Por: Andrea Estefanía Cuero

Las heridas de la infancia son un laberinto complejo y fascinante, donde cada cicatriz cuenta una historia y cada lágrima derramada forma parte de un río que ha recorrido nuestras vidas. Como un espejo roto, nuestra infancia refleja fragmentos de amor y dolor, de risas y llantos, de sueños perdidos y esperanzas renacidas. En cada trozo de ese espejo, podemos ver no solo lo que fuimos, sino también lo que nos ha moldeado en el presente.
Recorriendo los senderos de nuestra niñez, es inevitable encontrar momentos que marcan. Puede ser un susurro hiriente en una tarde de verano o la ausencia de una mano que debería habernos sostenido. Estas heridas, a menudo invisibles para quienes nos rodean, se convierten en cicatrices emocionales que llevamos con nosotros, ocultas bajo la superficie, pero presentes en cada interacción, en cada decisión.
El espejo roto de la infancia refleja nuestras vulnerabilidades. En cada fragmento se aprecian las caras de quienes nos han influenciado: padres, maestros, amigos. Algunos han dejado huellas profundas de amor y aliento, mientras que otros han sembrado semillas de duda y miedo. Cada uno de estos fragmentos se ensambla para crear la imagen de quienes somos, pero también de quienes podemos llegar a ser. Nos enfrentamos a la dualidad de nuestros recuerdos: podemos elegir dejarlos definirnos o, en cambio, utilizarlos como peldaños hacia la sanación.
La belleza de este espejo roto radica en su imperfección. En cada fractura hay una oportunidad de crecimiento. Las heridas de la infancia nos enseñan a ser resilientes, a levantarnos después de caer, a comprender que la fragilidad no es una debilidad, sino un aspecto intrínseco de la experiencia humana. Nos muestran que está bien sentir dolor, que está bien llorar por lo que hemos perdido, porque solo así podemos empezar a sanar.
Al mirar nuestras heridas, también nos enfrentamos a la realidad de que todos llevamos un espejo roto en el fondo de nuestro ser. Cada persona que encontramos ha atravesado su propia tormenta. Y en este reconocimiento compartido, podemos encontrar consuelo y conexión. La empatía nace de las cicatrices, de la comprensión de que no estamos solos en nuestra lucha.
La sanación comienza cuando decidimos ser honestos con nosotros mismos, cuando miramos a nuestro reflejo y aceptamos las imperfecciones que lo componen. Este proceso puede ser doloroso, pero es también liberador. Al enfrentar el pasado, podemos comenzar a reescribir nuestra narrativa. Las heridas no nos definen; son parte de nuestro viaje hacia la autenticidad.
Con el tiempo, el espejo roto puede transformarse en una obra de arte, un mosaico de experiencias que nos enriquecen. Cada pieza puede ser vista como una lección aprendida, una parte de nuestro crecimiento. En este sentido, las heridas de la infancia no son solo marcas de dolor, sino también símbolos de resistencia, de la capacidad humana para adaptarse y superar.
Así, al mirar hacia el futuro, llevemos con nosotros las lecciones de nuestro espejo roto. Abracemos nuestras cicatrices, no como insignias de sufrimiento, sino como marcas de nuestra historia, de nuestro viaje. Reconozcamos que, aunque las heridas pueden dejar huellas, también nos han enseñado a mirar la vida con ojos más compasivos, tanto hacia nosotros mismos como hacia los demás.
Las heridas de la infancia son, en última instancia, un recordatorio de nuestra humanidad compartida. Son las grietas por donde entra la luz, las rendijas que nos permiten vislumbrar la belleza en lo imperfecto. En cada fragmento de ese espejo roto hay un nuevo comienzo, una oportunidad de amarnos a nosotros mismos y, a través de esa aceptación, encontrar la paz.

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