Por: Linda Villamizar

Tengo heridas de la infancia que creí haber sanado, hasta que me descubro en mi día a día sintiendo todo tan intensamente como ahora lo hago.
Algunos días despierto con la idea de que he logrado sanar, que si nadie me elige, puedo hacerlo yo. Que debo ser flexible conmigo y mis errores, que quien me tiene en su vida es afortunado, porque soy leal y estoy hasta cuando no estoy en mí. Pero hay otros días en los que los minutos se viven con intenso dolor, pensamientos rumiantes que me hacen dudar de mi existencia y de mi sentido. Días en los que la soledad invade todo, invade mis deseos de continuar, y entonces el único pensamiento que surge es: quiero rendirme.
Mis días son muy diversos, como pueden percibir en ese segundo párrafo. Pero para ser descriptiva, les contaré los extremos. Hoy, por ejemplo, desperté agradeciendo a la vida por abrir mis ojos, sentir mi corazón latiendo, ver a mi mascota acostada a mi lado con su hermoso pelaje y sus colores tan únicos. Pero horas después recibí una retroalimentación negativa de un proceso que había delegado, y entonces mis pensamientos me abordaron: fue mi responsabilidad por no asegurarme de que todo se hiciera de manera adecuada, fue mi error por no estar todo el tiempo atenta. Mi, mi, mi responsabilidad. Entonces todo se nubló, y me descubrí ahogada en emociones displacenteras, agobiantes, y recordé que estoy cansada. Agotada de sentirme de esa manera, de sentir todo tan profundo, de no perdonarme absolutamente nada, sea o no mi error directo.
En ocasiones, esos días de pensamientos disfuncionales son más frecuentes y continuos. Días en los que el despertar no es nada agradable: despierto con un nudo en la garganta, la sensación de no querer levantarme de la cama, ganas de llorar sin encontrar el motivo exacto, pesadez y cansancio en el cuerpo, me siento inerte. Esos días intento disimular sonrisas, pero mi cuerpo logra proyectarlo todo. Solo existo para regresar a casa y tumbarme en la cama hasta que pueda volver a sentir la voluntad de continuar.
Hay días en los que la herida se abre sin previo aviso, como si todo lo que he hecho por cuidarme, por sanarme, no fuera suficiente. Y es en esos momentos cuando más cuestiono quién soy, de dónde vienen estas emociones tan profundas y por qué es tan difícil convivir con ellas. Me siento pequeña, invisible, y me pregunto si alguna vez seré capaz de sentir algo que no me lastime. A veces, me gustaría apagar el mundo, apagarme yo, y dejar de existir por un rato, solo para tomar un descanso de esta intensidad que me consume.
Otros días, la música es el motivo de vida, el arte, las flores, las personas, los mensajes que me hacen sentir profundamente bien, los detalles que logran sorprenderme, los detalles que me recuerdan mis épocas favoritas y, entonces, recargan suficientemente mi energía para continuar así por varios días. Esos son mis días favoritos. Siento que la vida es un milagro y un deleite. Esos días amo profundamente, y lo hago saber. Les llegan mensajes a mis seres queridos de cuánto los extraño, de que son mi hogar. Les llega la sensación de que son importantes en mi vida y que generan un impacto gigantesco y hermosamente agradable.
Hay días en que amo la vida tanto que me dedico a hacerme feliz, a elegirme. Días en los que estoy para quienes así lo deseen. Días en que amo bailar, sonreír y generar sonrisas. Días en los que me siento elegida y afortunada. Pero entonces, algo sucede: alguien me hiere, alguien que me importa me rechaza, alguien no me elige. Algo abre esa herida y no me perdona. No me perdona no ser perfecta, no haber sido suficiente. No perdona que sea tan solo una humana que siente todo, siente profundamente. Mis pensamientos me acusan aunque las otras personas no lo hagan. Mis pensamientos me doblegan al punto de aislarme tanto que nadie se percata de mi ausencia.
Alguien me hizo saber hace poco que esa era mi debilidad; otros me comentan que es un poder. Pero viviendo con este agotamiento de sentir tanto, existen días como hoy, que solo quiero desconectarme, vaciarme, reiniciarme. Hay días como hoy en los que me desconozco, en los que no me encuentro, en los que extraño mi voluntad de vivir. Hay días en los que no quisiera estar sola, pero elijo estarlo. Hay días en que me pierdo y no sé cómo volver, días en que la luz se apaga y no tengo nada para otros, no tengo nada para mí.
Hoy es uno de esos días en los que escribir es la excusa perfecta para no levantarme de la cama en todo el día, porque estoy haciendo algo por mí. Aunque eso sea una mentira, nadie me leerá de manera inmediata, y no les daré oportunidad de que estén sentados junto a mí. No le escribo directamente a alguien. Escribo mientras soy consciente de que los minutos van transcurriendo y mi cuerpo sigue sin tomar impulso para salir de casa. Escribo mientras mi alma se apaga, mientras lo único que siento es una profunda desesperación.

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