POR: JEAN CARLOS ARENAS

Éramos solo
unas cuantas partículas de universo
suspendidas en el aire,
surcando el cielo nocturno
de regreso a nuestro gris cotidiano,
cada una gravitando
en sus propias elucubraciones.
Y de repente,
un destello en el horizonte
recortó el manto oscuro
que se cernía sobre el mundo,
un único latido
unió corazones y ojos
al pie de la ventana,
y luego un destello tras otro
(caleidoscopio desordenado)
anunciando tu llegada.
Y ahí estabas tú,
la tormenta,
rugiendo salvaje y silenciosa
en tu danza eléctrica.
Tú, trayendo la fertilidad
de vuelta a la tierra
y a la vez la temible inminencia
del juicio final.
Mensajera de la vida y de la muerte,
quizás protegidos
de tu rabioso y luminiscente alcance
por la coraza de metal
que envuelve y protege
nuestro vuelo,
en un silencio al unísono
sentimos tu poder,
el miedo y la fascinación
que nos inspira
tu belleza frenética
que nos ha acompañado
en el trayecto hacia la realidad
de nuestro vuelo suspendido.
A 10000 pies de altura eres
una danzante espada de Damocles
sobre nuestra materia
y abajo, en el suelo
que nos espera
eres una bendición
(a veces) incomprendida:
te atreviste a volver
desde hace miles de lunas atrás
cuando en nuestro temor primitivo
se escondía la ira divina
y al mismo tiempo
sabíamos que con tu llegada
la vida siempre encontraría
un modo de florecer
contra cualquier pronóstico.
Y al aterrizar,
ya dentro de nuestras coordenadas diarias,
apenas te vemos en el horizonte.
Una alfombra
transparente y helada
se ha desplegado sobre el suelo
y el petricor, cual incienso,
perfuma nuestra llegada
(inmerecidas ofrendas nos has dado).
Gota a gota, te despides,
desandas tus pasos de vuelta
hacia la oscuridad de la noche
aguardando regresar
y a lo lejos, tu rugido desvanecido
nos susurra al oído
«no temáis, yo soy la tormenta»,
no sin antes mostrarnos
un último de tus prodigios:
silencioso y casi anónimo
el verde y su inevitable fotosíntesis
empiezan a asomarse victoriosos
por unas grietas en el asfalto
a la salida del aeropuerto.

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