EL EJÉRCITO GAITANISTA DE COLOMBIA: La Sombra que Devora la Paz

Por: Hazzam Gallego

El Ejército Gaitanista de Colombia (EGC), conocido anteriormente como Clan del Golfo, ha consolidado su lugar entre los grupos criminales más poderosos de Colombia. Surgido de las cenizas de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), tras su desmovilización en 2006, este grupo no solo sobrevivió, sino que evolucionó de manera brutal y efectiva. Aquellos que no se acogieron al proceso de paz se reagruparon bajo nombres como los Urabeños y los Pelusos, pero no tardaron en unificarse, primero como Autodefensas Gaitanistas de Colombia y, finalmente, como el Ejército Gaitanista de Colombia. Su cambio de nombre no fue una simple jugada semántica. Reflejaba su intención de proyectarse como una fuerza política, pero no olvidemos que detrás de esa máscara sigue habiendo una organización criminal que se nutre del dolor ajeno.

El EGC ha sabido encontrar su nicho en zonas estratégicas de Colombia, aquellas donde la debilidad del Estado se convierte en oportunidad para el narcotráfico y la minería ilegal. Controlan territorios como el Urabá antioqueño, el Bajo Cauca y el sur de Córdoba, donde las balas han sido su forma más directa de negociar con la población. En lugares como el Chocó y el sur de Bolívar, su dominio es absoluto, forjado en la violencia y en alianzas con bandas locales que buscan sobrevivir a cualquier costo, igual que ellos. La extradición de su líder, Dairo Antonio Úsuga, alias Otoniel, en 2022, no fue el fin que muchos soñaban. Tras su salida, la estructura del EGC se fragmentó, pero su operación no se detuvo. Nuevos nombres tomaron el mando, hombres como Jobanis de Jesús Ávila Villadiego, alias Chiquito Malo, y Wilmer Antonio Quiroz, alias Siopas. Ambos herederos de una organización que aprendieron bien las lecciones del pasado: cuando caen los líderes, el negocio sigue.

Alias «Otoniel» capturado

El Catatumbo ha sido testigo de esa expansión imparable. Municipios como Ábrego donde alias «jairo» toma poder, Tibú, Pamplona, Chinácota, Puerto Santander y la zona metropolitana de Cúcuta han sido sacudidos por el creciente control del EGC. Han desplazado a otros grupos armados como el ELN y las disidencias de las FARC, apoderándose de corredores estratégicos para el tráfico de drogas y economías ilegales. En Norte de Santander, las rutas de narcotráfico se han convertido en campos de batalla, y el EGC ha logrado consolidar su presencia, especialmente en El Zulia, Sardinata y Convención, donde su control es casi absoluto. En esta guerra, las alianzas son clave, y el EGC no ha dudado en formar pactos con grupos extranjeros como el Tren de Aragua, una asociación que les ha permitido fortalecer su control en la frontera con Venezuela.

A lo largo de 2023, las fuerzas de seguridad intentaron asestar golpes decisivos al EGC. La Operación Cóndor fue una de las más importantes, logrando capturas de peso como alias Lobo y alias Palillo, quienes operaban en Cúcuta y el Catatumbo, respectivamente. Alias ​​Lobo controlaba gran parte de las operaciones en la capital de Norte de Santander, mientras alias Palillo se encargaba de las rutas de narcotráfico en el Catatumbo. A estos nombres se sumó la captura de alias Chirris, un cabecilla involucrado en actividades de extorsión y secuestro en el área metropolitana de Cúcuta. Estas detenciones fueron vistas como victorias en la lucha contra el crimen organizado, pero cualquier celebración fue prematura. La realidad es que, aunque algunos de sus líderes caen, el EGC sigue adaptándose, expandiéndose y consolidando su poder. Es un monstruo que ha aprendido a sobrevivir bajo presión.

El panorama en Norte de Santander es un reflejo claro de lo que ocurre en otras partes del país: mientras el EGC siga controlando economías ilícitas, la paz será una utopía inalcanzable. En municipios como Tibú y Puerto Santander, el grupo ha instalado un régimen de terror que sofoca cualquier intento de resistencia. Bajo la excusa de defender sus territorios de otros actores armados, el EGC ha intensificado su control sobre las rutas de narcotráfico, dejando tras de sí una estela de violencia que ha obligado a cientos de familias a huir de sus hogares.

El 2021 y 2022 también fueron años cruciales en la guerra contra el Clan del Golfo. En febrero de 2021, las fuerzas de seguridad capturaron a Nelson Darío Hurtado Simanca, alias Marihuano, segundo al mando del Clan del Golfo. Su captura debilitó temporalmente la estructura del grupo, pero no fue suficiente para frenar su avance. El golpe más importante llegó en octubre de ese mismo año, cuando Dairo Antonio Úsuga, alias Otoniel, fue capturado en una operación militar en Necoclí. Otoniel era el hombre más buscado del país, su caída fue un símbolo de victoria para las autoridades, pero como todo símbolo, fue pasajero. En mayo de 2022, Otoniel fue extraditado a los Estados Unidos, donde enfrenta cargos de narcotráfico y conspiración. Sin embargo, su extradición no logró desmantelar al grupo. Al contrario, el EGC se reconfiguró bajo el mando de nuevos líderes, quienes supieron continuar con el negocio.

En la región la Subestructura Luis Orlando Padierna Peña, es una de las más peligrosas que opera en el departamento de Norte de Santander

En ese mismo período, la captura de figuras como Ariel Antonio Palacios Calderón, alias Samuel, en Córdoba, y Emilio José Torres Guzmán, alias Pilatos, en Turbo, fue parte de una estrategia para desmantelar las finanzas del grupo. Pero, como siempre, el EGC ha demostrado una capacidad inusual para resistir y adaptarse. El cambio de nombre a Ejército Gaitanista de Colombia es una prueba de ello. Bajo la figura de alias Jerónimo, el grupo ha intentado proyectarse como un actor político, un movimiento que busca participar en los diálogos de paz promovidos por el gobierno de Gustavo Petro. Su discurso, sin embargo, es pura fachada. Aunque intenta desvincularse de su pasado paramilitar, la realidad es que el EGC sigue nutriéndose del terror y la violencia para mantener su control.

En febrero de 2024, alias Jerónimo emitió un comunicado en el que afirmaba que el EGC busca desvincularse de su pasado y participar en las negociaciones de paz. Sin embargo, su lucha, según ellos, sigue siendo defensiva. Alegan que tanto el Estado como otros grupos armados intentan arrebatarles el control de sus territorios, lo que ha intensificado la violencia. Pero detrás de esa justificación, lo que realmente se esconde es la defensa de sus intereses en el narcotráfico y la minería ilegal, dos economías que han permitido al EGC mantenerse a flote.

Con la muerte de Juan Carlos Rodríguez Agudelo, alias Zeus, se cerró el capítulo de un hombre que alguna vez alcanzó el rango de mayor en el Ejército, pero que traicionó los principios de la institución al sumergirse en las aguas turbias del crimen. Zeus, quien en otro tiempo fue defensor del orden, cruzó la línea y comenzó a trabajar para la mafia. Su astucia lo llevó a convertirse en uno de los principales proveedores y cabecillas en la logística de transporte armamentístico y financiación del Ejército Gaitanista de Colombia, antes conocido como el Clan del Gol.

A pesar de los esfuerzos del gobierno y de los golpes que han recibido, el Ejército Gaitanista de Colombia continúa siendo una amenaza. Mientras controlen las rutas de narcotráfico y las zonas de explotación minera, su poder seguirá intacto. La paz, en estas regiones, sigue siendo un sueño lejano.

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