Por: S.C Ruiz

Tempestivos cielos purpura, decoran el final con rayos amarillos en olimpos lejanos; se abren las diáfanas aguas del Río Catatumbo, las piedras ruedan silenciosas, dejando una estela de polvo que se levanta hasta la altura de las rodillas; turbias las aguas se calman para dar paso a un barquero de alta sotana negra y pequeños bordados dorados y plateados, cuelga de su alargado remo un racimo de plumas coloridas junto a dijes creados por las manos de un orfebre. El viento rompe con la calma de las aguas y zarandea las copas de los árboles, a lo lejos las aves prenden vuelo al sur, graznan, gorjean, trinan, ensordecedoras y bulliciosas; se siente en la piel, una niebla gélida, es el adiós que se precipita a saludar al barquero y que toma la mano del hombre asustado y le lleva a bordo de la chalupa.
Las longevas aguas del tiempo empujan la vieja embarcación, con manos prodigiosas y con mucha calma se dirigen rio abajo, mientras se avanza a lado y lado del hídrico ser se postran gentes con máscaras coloridas, de múltiples tamaños, cada una con expresiones cotidianas, emociones que llevan impresas en el tallado; unas llamas verdes encienden las fogatas, expiden una humareda grumosa, nacen de entre las negras hondas de humo seres danzantes, caballos relinchando mientras los tucanes dan giros de un lado a otro, entonces las plumas de colores caen en el caudaloso rio, mientras en la tierra pedregosa bailan las gentes enmascaradas.
Al ritmo de los tambores, de los cununos y de los chuchos, la melodía de las gaitas, marimbas y flautas se asoman rechinantes y deslumbrantes. De los percutores amarillos destellos endulzados con puntos rojos se desprenden, flores nacen a su alrededor, pétalos vuelan entonces; de los vientos melódicos que salen de los gaiteros se crean papagayos que prenden vuelo llevando con su estela de viento los pétalos rojos que se caen de las flores al repicar de la madera en los tambores. De la marimba el golpetear llama a las ranas, a los sapos y hasta las salamandras, saltan en las aguas, bailan alrededor de la embarcación. Es una fiesta, es un canto desenfrenado, es una despedida premeditada en las aguas claras que se extienden hacia el infinito.
-Es este mi final, es esta la despedida, una sudestada musical, una organizada algarabía, un adiós particular, un adiós de carnaval – Con los ojos aguados pronuncia tembloroso palabras a su chofer -. La luz no deja ver el final del río, es este el día en que al fin mi cabeza se juntara con la tierra y mis manos se llenaran de raíces, para que mi corazón deje de latir al fin.
La indómita luz se extiende por las ahora translucidas aguas que se encienden, peces pequeños, peces grandes, tortugas pequeñas, tortugas grandes; acompañan en lentitud, son los últimos en despegarse del suave remar del barquero. El viento resopla entonces en el rostro del cansado hombre, de ropajes blancos y de corona emplumada, se abre de brazos a su destino, a su final natural; su corazón se extiende como las aguas del río, en donde las aguas ya no corren y solo la luz mantiene la trayectoria de la embarcación en donde una cascada se desborda en la nada, donde un inmenso vacío acuático y caótico se observa en el fondo. La luz intensa se posa en el hombre y le abraza cálida en su ser. Este se eleva, levitando como el roció en los pétalos, como el vuelo de la golondrina, como el nadar del bagre, como el andar del jaguar…
“De la luz vengo y a la luz voy, de la tierra mi cuerpo se levantó y a esta volvió, las aguas vida me dieron y en ellas mi último viaje se dio. He sido libre en el tiempo, he vivido en la nada y en el todo. Soy hijo de la selva, hijo del amor, de mi corazón soy testigo y parte de todos seguiré siendo, hasta que me haga olvido.”

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