Por: Mónica García

Es el mantra que han repetido durante años los defensores de derechos humanos y los familiares de las víctimas de homicidios selectivos desde hace décadas en nuestro país, pero más especialmente a raíz de la firma del acuerdo de paz con la guerrilla de las FARC-EP en 2016.
Marchas, plantones y todo tipo de manifestaciones pacíficas han tenido lugar en los últimos años por todo el país, ante lo que se considera la inacción de los gobiernos que han tenido la responsabilidad de cumplir los acuerdos firmados y proteger tanto a los desmovilizados como a los colombianos y colombianas que defienden los derechos de los pobladores más desprotegidos y del medio ambiente. Los gritos han sido desoídos, los muertos siguen cayendo, se siguen contando por cientos y pronto serán miles… Por eso es tan duro leer “Morir es un país que amabas” libro que fue presentado en Cúcuta el miércoles 18 de septiembre en el Museo de la Memoria de la Secretaría de Cultura y Turismo -última parada de una gira que incluyó 15 ciudades-, por el poeta Saúl Gómez Mantilla y Eduardo Bechara Navratilova de Escarabajo Editorial, uno de los editores del libro junto a Stefhany Rojas Wagner, de Abisinia Editorial.
En esta obra se reunieron 413 poetas para rendir homenaje a igual número de líderes y lideresas asesinados en un ejercicio de rescate de memoria, de reivindicación, para evocar por un breve instante a esos a quienes se les arrebató la vida, prestarles las palabras para exhalar su último aliento, llamarlos por su nombre y recorrer tan siquiera esos últimos instantes en que sus cuerpos tuvieron calor en esta tierra y en este mundo.

Son 413 historias que podrían ser muchísimas más si se trajera a la luz cada una de las de quienes han caído en esta guerra absurda y lo seguirán haciendo mientras la violencia se siga enquistando, adaptando y tomando nuevas formas para evitar ser desterrada de nuestra historia presente y futura.
Poemas como Legado, de Diana Toro Ángel recordando a una lideresa asesinada en el Cauca:
“Yeisi Campo,
hoguera,
voz que no muere.
florece cada mañana en la memoria.
Tu espíritu no cesa de tejer la aurora”.
Poema al muerto que no conozco, de Yarley García:
“Digo tu nombre, hasta en voz alta;
no me dice nada
me asomo a lo que dicen los diarios,
me reconozco,
nos volvemos parientes,
y en el ejercicio de imaginarte
empieza a dolerme tu ausencia.
Descubro que nuestros pies están sucios
de la misma tierra”.
O José Yimer Cartagena, de Diego Armando Peña:
“Me dedicaba a sustituir una planta por otra
Un día el noticiero dijo que yo estaba muerto
¿Cuál es la enfermedad que mata de 30 puñaladas?
Asesina… quise gritar
pero sentí en mi boca las palabras cercenadas
Entonces le enseñé a las estrellas
a reemplazar luz por letras
Así me encontraron tendido con la respuesta en mi cuerpo
Los que me hallaron no entienden el lenguaje de los astros
y me promulgan muerto en circunstancias desconocidas”.
Nos estremecen, nos sumen en la impotencia y la rabia, nos recuerdan a quienes no dejaron que el miedo los paralizara y salieron con su azadón, sus libros y sus lápices o tan solo con sus manos y sus ojos, en sus bicicletas, motos, a pie o en buseta a hacer lo que tenían que hacer por su comunidad, por un país que los abandonó en la vera del camino.
Pero también nos recuerdan a los que siguen resistiendo, a quienes nunca más los poetas quisieran prestar sus letras de despedida.

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