HERIDA MATERNA

Por: Marcela Espinosa

Cierren las ventanas,
bajen las persianas,
apaguen los focos
y no hagan ruido,
porque hoy he muerto.

Tiren los edificios,
sequen los ríos
y que las aves pierdan su norte.

Que el sol deje de brillar
y que la luna se desintegre en su totalidad,
que las estrellas y los astros no aparezcan más.

Que las risas de los niños se enmudezcan en el viento
y que el ruido de las metrallas se congelen en el tiempo.
Hoy he muerto.

Me duele la vida,
me duele el pecho,
me duele el alma.
Estoy deshecho, roto,
amorfo, petrificado de dolor.

Hoy, en boca de mi madre, soy maldito.
Hoy soy un costal de huesos forrado de piel
con venas y vasos sanguíneos
donde la sangre ya no corre cálida y oxigenada,
sino que me envenena con cada punzada.

Si el cielo se compadeciere de mi dolor
y me llevara a esos momentos
donde de mi madre yo tuve amor,
si Dios escuchara el grito mudo de mi corazón,
sabría entonces que aún para mí existe redención.

Y si solo de la boca de mi madre brotara una bendición,
sabría con certeza que inmensa es mi salvacion,
pues en los labios de mi madre el mundo entero se creó
y como pluma al papel mi destino con tinta planeo.

Sólo en su boca está la vida de admiración,
aunque ahora, de adulto, de ellos solo brota maldición,
porque siento que mi madre me ha roto el corazón
y sin darme tregua, siquiera con sus palabras,
me atravesó.

Por ello digo que he muerto
y que conmigo todos los sueños, que mi vida es un desierto y que aún sonriendo, mi vida es un lamento

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