Por: Hazzam Gallego


Cúcuta, ciudad fronteriza y testigo de un constante vaivén de vida y muerte, ha sido sacudida por una ola de violencia sin precedentes. Este año, la cifra que sobresale es brutal: 274 homicidios en el área metropolitana, y 190 de ellos ocurrieron en la capital. La sangre se ha vuelto un trágico elemento del paisaje urbano, y el temor se ha convertido en la sombra que acompaña cada paso de los ciudadanos. Cada disparo es una sentencia que resuena en los corazones de aquellos que aún permanecen, mientras muchos otros contemplan la idea de huir, de dejar atrás una ciudad que parece desmoronarse bajo el peso de una guerra que no tiene fin.
Pero no es una guerra convencional, no es un conflicto entre ejércitos reconocidos, es una batalla liderada desde el corazón mismo del sistema penitenciario. Dos figuras dominan el escenario: Ever Carreño Corredor, alias ‘Porras’, y Jayson Omar Pabón, alias ‘Pepino’. Ambos, aunque tras las rejas, siguen moviendo los hilos de la violencia en Cúcuta. La familia P, liderada por ‘Porras’ desde el pabellón de máxima seguridad de La Picota en Bogotá, mantiene el control de las comunas 7 y 8. Mientras tanto, ‘Pepino’, desde su celda en la penitenciaría de Cúcuta, maneja a Los Manzaneros, una banda criminal que se ha asentado en sectores clave de las comunas 6 y 7.

A pesar de estar encerrados, estos dos líderes criminales han demostrado que la prisión no es un impedimento para seguir expandiendo sus redes de poder. ‘Porras’ sigue liderando desde la distancia, y su banda, la familia P, ha logrado aliarse con el grupo AK-47, otra organización criminal que ha estado sembrando el caos en la ciudad. Juntos, han expandido su control a la Comuna 1 y la Comuna 9, ganando terreno en puntos estratégicos para el narcotráfico y la extorsión, como el Canal de Bogotá, el Parque Lineal, y el terminal de la ciudad. Esta alianza entre Los AK-47 y Los Porras ha intensificado el conflicto, lanzando una ofensiva sin precedentes contra Los Manzaneros, en un intento por expulsarlos de la ciudad.

Los Manzaneros, bajo el liderazgo de ‘Pepino’, no se han quedado atrás. A pesar de la pérdida de su líder tras las rejas, la banda sigue mostrando resistencia. Jayson Omar Pabón, alias ‘Pepino’, ha estado al mando desde la cárcel, organizando homicidios y extorsiones que mantienen a su organización en la lucha por el control del microtráfico en la ciudad. Su sed de venganza se encendió tras el asesinato de su padre, José Luis Pabón Ojeda, el 16 de mayo de este año, frente al Club Cazadores de Cúcuta. Ese asesinato fue el catalizador de la escalada de violencia. Al día siguiente, el 17 de mayo, una matanza en el barrio Caño Limón dejó tres muertos, y desde entonces, la guerra se ha recrudecido.

La sangre no solo corre por las calles, también inunda las redes sociales. Los criminales han encontrado en ellas un nuevo campo de batalla, publicando videos donde muestran su poderío con fusiles y granadas, amenazando a la población y a sus rivales. En esos videos, los miembros de los AK-47 y la familia P se regocijan en la violencia, mostrando que no temen seguir derramando sangre en su cruzada por el control total de Cúcuta.
https://www.facebook.com/watch/?v=989778589421689 Video de los ak47 amenazando a comerciantes de Cúcuta, en alianza con los del norte y los porras bandas con las que tienen alianzas.
Es increíble pensar que todo esto se dirige desde las mismas cárceles que deberían funcionar como barreras para estos delincuentes. ¿Cómo es posible que, desde un calabozo, ‘Porras’ y ‘Pepino’ mantengan una red de sicarios, extorsionistas y narcos operando sin ningún freno? La respuesta parece apuntar a un sistema penitenciario que ha fallado estrepitosamente. Los líderes criminales cuentan con una libertad absoluta para ordenar masacres, controlar territorios y manejar negocios ilegales desde la comodidad de sus celdas. La consigna es clara: «plomo o plomo». No hay otra opción para los que se atreven a desafiarlos.

Las autoridades, aunque han hecho esfuerzos por desmantelar estas organizaciones, parecen estar peleando una batalla perdida. En marzo de este año, capturaron a Deiby Reinaldo Pabón Garavito, alias ‘Catire’, de Los Manzaneros, y en junio, Yhorman Javier Lobo Duarte, otro sicario dedicado al tráfico de drogas y asesinatos por encargo, cayó en manos de la justicia. La captura de Harol Rubén Prieto Lobo, alias ‘Uti’, en julio, fue otro golpe significativo, aunque su posterior fuga de la subestación de Policía La Libertad demostró que el sistema no es invulnerable. Erik Andrés Suárez Albán, capturado por tráfico de estupefacientes, y Jaime Yesid Gelvis Prieto, alias ‘El Flaco’, también fueron detenidos en operaciones recientes. Pero el verdadero problema persiste: los líderes, aquellos que manejan las riendas del crimen en Cúcuta, siguen operando desde sus celdas sin mayores obstáculos.

La policía ha dado golpes significativos, es cierto. En junio de este año, capturaron a Freddy Alexander Gámez, alias ‘Toto’, implicado en el doble homicidio de los hermanos Calderón Beltrán, sicarios de Los Porras. A su lado, también cayeron Deivi Alexander Moncada, alias ‘El Enano’, y Jorge Daniel Cañizares Villamizar. En agosto, una serie de capturas en los barrios Ceci, Doña Nidia y Antonia Santos llevó a la detención de alias ‘Ratón’, ‘Abigail’, ‘Mechas’, ‘Pepo’, ‘El Mago’ y alias ‘El Negro’, todos miembros de la familia P. A pesar de estos avances, el poder de estas bandas criminales sigue extendiéndose como un cáncer, y las capturas, aunque importantes, no han logrado desmantelar por completo las estructuras del crimen organizado.

La raíz del problema está en las cárceles. Mientras los líderes de Los Porras y Los Manzaneros sigan operando desde allí, la violencia no cesará. Es urgente que se implementen medidas más drásticas para cortar toda comunicación entre estos capos y sus sicarios en las calles. Aislarlos por completo del mundo exterior es la única manera de frenar la ola de sangre que azota a Cúcuta. Pero eso requiere una voluntad política y un compromiso que, hasta ahora, parece estar ausente.
Mientras tanto, la ciudad seguirá siendo rehén de una guerra que se libra en las sombras, con sus ciudadanos como víctimas colaterales. Cúcuta, una vez próspera, hoy se tambalea al borde del abismo, atrapada en un ciclo de violencia que parece no tener fin. La pregunta sigue siendo: ¿hasta cuándo seguirá la justicia siendo una espectadora impotente frente al poder de las bandas criminales? ¿Cuánto más tendrán que soportar los cucuteños antes de que la paz, aunque sea tenue, regrese a sus calles?
Sí, esta columna puede ser una sentencia de hostigamientos y amenazas por parte de estas bandas criminales, pero en Cúcuta no podemos callarnos y mucho menos mirar para otro lado mientras en las calles de la ciudad recorre la violencia y el olor a plomo.

Hacemos un llamado a las autoridades por la amenazas constantes contra nuestros investigadores y periodistas, la libertad de expresión no puede ser una sentencia de muerte en la ciudad.
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