No te hagas ilusiones: entender los muchos rostros del mundo no va a ser gratis ni mucho menos, fácil. Te darás cuenta que muchas veces solemos ser lobos los unos para los otros y con saña, a veces sin querer, podemos hacernos pedazos. Deberás aprender a endurecerte por fuera y por dentro, te harás más sabio pero también mucho menos inocente que al principio y eso sí, en el proceso no deberás dañar a nadie ni menos aún dejar que el odio te eche a perder el corazón. Conforme tu estatura y tu mirada vayan creciendo en el horizonte, verás que no todos tenemos el mismo suelo para echar nuestras raíces, no todos podemos abrazar el cielo extendiendo nuestras ramas a la misma altura, no todos florecemos en la misma primavera, ni en los mismos colores, ni en el mismo jardín, algunos florecen en las montañas, otros en macetas, otros en jardines encumbrados. Acéptalo de una vez: cada quien florece a su manera, en su tiempo, espacio y circunstancias sin que por eso el paisaje pierda brillo y encanto. Mientras eres joven ves todo puro y diáfano,
como un velo de cristal que envuelve todo. Pero poco a poco el cristal se empaña, dejas de ver el mundo y las cosas como son para pasar a verlas como quisieras y al final cuando despiertes y la más breve brisa de realidad rompa en miles de fragmentos tú burbuja terminarás en soledad lamiendo tus propias llagas como animal herido de las cuales deberás sanar de un modo u otro, no tienes alternativa. Y pasará muchas veces hasta que aprendas (¡dura y excelente maestra es la vida!). Que el brillo de la ilusión no te queme los ojos ni te nuble la conciencia. De aquí no saldrás incólume como cuando viste la luz por primera vez. De aquí llevarás infinidad de cicatrices en la piel y en el alma y en cada una de ellas va escrita tu propia historia. Ese es el alto precio que deberás pagar para conocer y entender al mundo y sus infinitos rostros…
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