CUENTO: Pescado para la Cena

Capítulo V

Por: S.C Ruiz

Un día paso y Carlos Balanta ya sabía la respuesta de aquello que la bestia quería, de lo que debía y de cómo lo haría, y sin titubear, se acostó esa noche sabiendo que su mano haría algo cruel; dos días habían pasado y Carlos Balanta no había cambiado de opinión sobre lo que tenía que hacer y de cómo lo haría, pero si tenía dudas sobre si lo haría, aun sabiendo que debía hacerlo, y que ello podría convertirlo en un monstruo. La mañana del tercer día, al despertar, supo en medio de su nerviosismo y su angustia, que haría aquello que sin titubear eligió ese primer día al regresar a casa luego del encuentro nocturno con aquel horrido ser escamado y gigantesco. Al salir de su hogar, hizo todo lo que siempre hacía, tomo sus tres punta’ y la bicicleta, pero a diferencia de todos los demás, tomo la cubeta de carnada que usaba Petronio cuando iba a pescar a las regiones más hondas, tranquilas y amplias del Magdalena. Tomo la misma ruta de siempre, no hubo cambio alguno, al llegar a la orilla del río se mantuvo cerca de esta, esperando aquella voz, esperando ese débil susurro de aquel mínimo Pataló que siempre se acercaba a darle concejo.


-Hay otras formas de hacerlo. Si lo haces, él ganara. Siempre consigue lo que quiere, porque en él ya no hay humanidad.


El joven Carlos, en un acto de irreparable dolor, llorando volteo y le dijo al Pataló que se metiera en la cubeta, llenándola de agua y dejando caer en ella, pedacitos de fruta, haciéndole un regalo al escamado plateado. Ambos sabían el final del camino y como habría de terminar la caminata. No fueron necesarias más palabras, pero si hubo de por medio muchas lágrimas que caían a la cubeta, en la que los ojos saltones del Pataló no hacían más que mirarle al pobre niño ser un río de nervios, miedo e incertidumbre. Ya casi divisando la gruta, Carlos se detuvo por un momento, como si su duda se hubiera hecho aún mayor, considerando al pez en su cubeta un ser vivo más especial de lo que ya era, no solo un pez de río; pensó en él como un igual, agachando la mirada sollozante y cargada de una tempestad confusa, intento decir palabra, pero no consiguió más que lamentos. Se convenció aún más de que era un monstruo y de que terminaría de serlo, al darle de cenar pescado a la bestia, siendo el pescado su único amigo.


-Las lágrimas no me van a salar, ya sé lo que va a pasar…


Frente a la gruta, la bestia despertó. Nuevamente hizo tronar el suelo y frente al niño se postro, inclemente y sonriendo de par en par, presento ante Carlos una platea rechinante, con acabados en bronce y cobre, roída por el tiempo y con salitre entre las rasgaduras de las garras; era en esta donde debía de poner la cena con la que iba a pagar. Tomando el Pataló y sirviéndolo, miro al ser a sus ojos de rojo tono, alzo la platea y dejo correr al pequeño pez por sus fauces. La tierra tembló nuevamente y de su interior luces brotaron, una humareda apareció y un infernal chillido nació. Carlos vio a su padre aparecer de en medio de un montículo de arena y cal que se alzó en medio de la gruta, pero antes de si quiera poder acercarse.


Un dolor enorme le atravesó las piernas y las manos, titiritando, no del frío, sino de no poder moverse, volteo a verle al monstruo, que volvió a sonreír mientras sacaba el acordeón y entono nuevamente una canción, con múltiples voces le hizo saber su destino; ser el remplazo del Pataló, ser un pez en el río, estar condenado a una vida de escamas y silencio, siendo la nueva voz del Magdalena, sin poder ser escuchados por los mayores que ya no conocen de la magia de lo inesperado y que se han quedado sordos ante lo imposible. El olor a azufre que salía de la gruta despertó a Petronio que asustado y como pudo, se levantó torpemente y corriendo se perdió en la espesura verde de la subida. Carlos hecho Pataló solo supo que se había dado por perdido buscando a su padre en las mismas aguas de un río inclemente, que le vieron crecer y soñar, todos sabían entonces, que eso había sido obra de él, que era imposible olvidar la melodía que cobra vidas para hacer canciones sonar, un engaño que logro otro engaño, un pez para la cena y un hombre que vuelve a casa queriendo haber sido un quejido en las entrañas de un monstruo acuático, para que su hijo nunca se hubiese ido…


Sobre el Autor:

Deja un comentario

Busca Columnas por Autor

Deja un comentario