¿cómo convertir en palabras la inmensidad que fuiste, si tu grandeza escapa a cualquier intento de describirla? El crujir de mi corazón es un lamento constante, una grieta que se abre con cada recuerdo, y mi alma, despojada, vaga en el vacío que dejaste al partir, un hueco que ningún consuelo logrará llenar.
Tú fuiste el pilar cuando el mundo tambaleaba, el consejo silencioso en los momentos de duda, el abrazo que me sostuvo en medio del frío. Te vi envejecer, nona, mientras yo crecí bajo tu sombra, y ahora, al mirar atrás, no entiendo cómo la vida pudo dejar sus cicatrices en alguien tan fuerte, cómo la enfermedad se atrevió a tocarte, desgarrando lo físico, pero sin poder doblegar tu espíritu.
Rezo, sí, rezo, pero mis plegarias se ahogan en lágrimas que no cesan de caer, y al ver aquella vieja máquina de coser, la misma con la que tejiste sueños y esperanzas en cada prenda que vestí, mi pecho se aprieta de dolor, porque en cada puntada está tu amor, un amor que ahora añoro más que nunca.
¿Cómo explicarle a la gente el sabor de tu sazón, ese toque único que le dabas a la vida misma? Tú, que te alegrabas por los demás con un desinterés tan puro, que te preocupabas sin pedir nada a cambio, y llorabas, sí, llorabas, sin razón aparente, porque tu corazón sentía más de lo que podía expresar.
Y aun cuando la enfermedad te acechaba, seguías radiante, con una sonrisa que desafiaba al dolor, una luz que ni la oscuridad más profunda pudo apagar. Las flores te saludaban como si reconocieran la grandeza en tu alma, como si supieran que entre nosotros caminaba un ser que merecía más de lo que este mundo podía ofrecer.
¿Cómo le contaré a los que vengan después de mí que tú, mi nona, fuiste tan grande, que este plano no pudo contenerte más, y tu espíritu tuvo que elevarse a un lugar donde la paz, al fin, te alcanzara?
Aquí estaré, nona, con la tristeza en el pecho, lamentando tu partida y aguardando el día en que vuelva a escucharte, en que pueda susurrarte de nuevo, con todo el amor del mundo, «te quiero mi nonita.»
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