Cual suave rocío fue tu amor para los tuyos, cual apacible murmullo que los llenó de paz.
Hoy, aquí, sin tu presencia física, la tristeza lánguida, horrible y tísica se posicionó en tu hogar. La muy canija llora tu ausencia, pues en lo recóndito de su conciencia sabe que sin ti la casa no será igual.
Tus plantas se han pintado de un marchito dolor, y el gato llora, llora sin tu amor. La vieja máquina de coser ya no sabe qué hacer, y en el gallinero solo ha quedado el plumero. Y aunque los abrazos se fueron contigo, los recuerdos y audios hoy se visten de amigos, de consuelo, e imagino que de colores pintas cada tarde el cielo y de paz llenas nuestras vidas sin más.
En tus hijas y nietos quedaron no solo tus recuerdos, sino tu aliento de vida, tu templanza, tu simpática alegría, lo sencillo de tu alma.
Cada persona que se topó contigo se quedó con una huella de sentirse amigo.
En el cielo se hizo fiesta para darte la bienvenida, y fuiste bien recibida con flores y mariposas. Es que tu alma bondadosa no conoce de egoísmo, tanto así que en el lecho mismo pensaste siempre en otros y esperaste aquel despido de tu más grande ser querido, la niña de tus ojos, que ante aquel amor correspondido vino a darte el despido y hoy te lleva en el alma, pues desde el cielo le das la calma y la bendices con entereza.
Oye bien, Anita querida, que en el cielo recibida, los angelitos cantan canciones de alabanza que, a la traducción, hacen llorar el corazón, pues en el corito de amor te hacen saber que estás en casa.
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