Por: John Jairo Gelvis


Las diferencias entre Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander no se debieron a egos o envidias, sino más bien al modelo educativo de Colombia. Para entenderlo, es necesario revisar un poco de historia. En 1820, después de la independencia de España, el naciente país se debatía sobre qué modelo educativo adoptar. Bolívar era admirador de Joseph Lancaster, mientras que Santander se inclinaba por Jeremías Bentham.
Lancaster basaba la educación en la férrea disciplina y en la concepción divina del conocimiento, empleando un sistema extremo de premios y castigos. Por su parte, el modelo de Bentham se inspiraba en el conocimiento empírico, la ciencia y la construcción de un ciudadano democrático y útil para su nación. Entre 1821 y 1825 se nota la influencia de Lancaster en los currículos, y entre 1825 y 1827 la de Bentham, con el plan educativo de 1826 de Santander.
Sin embargo, en 1828 ocurre la conspiración septembrina, y Bolívar acusa a Santander de intentar asesinarlo. Lo envía al exilio e impone el modelo de Lancaster en todos los colegios, entregando la educación a la iglesia. En 1832, con la muerte de Bolívar, Santander es elegido presidente y Bentham vuelve al currículo educativo con tanto ahínco que, cuando los bolivarianos y la iglesia se oponen, Santander escribe: «Bogotá es un convento de frailes, tengo 1500 soldados dispuestos para cumplir la voluntad del gobierno, las enseñanzas de Bentham no pueden cambiarse». Santander crea 427 nuevos colegios en todo el país, y el tiempo demostraría que, en este tema como en muchos otros, Santander estaba en lo correcto. Además del «Hombre de las Leyes», Santander debería ser reconocido como el hombre de la educación, palabras tomadas de Yamid López.

Podemos afirmar que los modelos pedagógicos que ha utilizado Colombia históricamente han sido modelos extranjeros, y por ende, nunca hemos tenido una identidad propia. Esta república, que tiene más de 200 años de independencia, ya es hora de que tome las riendas en sus propios modelos educativos, considerando las necesidades de cada región. Es necesario hacer un giro hacia lo tecnológico y cambiar el enfoque hacia el emprendimiento, potenciando el agro no solo con cursos o tecnologías básicas que puedan ofrecer el SENA o las universidades públicas o privadas del país, sino también mediante la competitividad con infraestructura tecnológica agraria, mejoramiento de procesos administrativos y su potenciación a través de aplicaciones o apps.
Tenemos que ser realistas: el campo se está envejeciendo por la falta de oportunidades. Las personas que están trabajando en él son en su mayoría adultos mayores, que casi no tienen fuerzas para trabajar su propia tierra o la de los demás. La mayoría de los jóvenes campesinos se han trasladado a la ciudad, dejando los campos y sus fincas a sus padres. Claro que las familias quieren el bienestar de sus hijos y, por ende, los envían a estudiar a la gran ciudad. Muchos de esos jóvenes estudian carreras que no tienen ninguna afinidad con el sector rural, lo cual es una alarma que no hemos querido escuchar y que está ligada a la educación, el bienestar y el futuro del país. Sin una educación adecuada para el progreso de las bases del país, nuestro futuro es incierto.

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