PESCADO PARA LA CENA

Capitulo: IV

Por: S.C. Ruiz

Cuando los rayos del sol se alzaron sobre los techos, el silencio reino, las balas callaron y el ejercito entonces, tarde como siempre, apareció. Como por arte de magia, camiones repletos de soldados inundaron Tadó, nuevamente sellaron algunas partes del río, levantaron cuerpos que en procesión iban a parar a la pequeña morgue del palenque, otra vez el periódico regional volvería a mentir, hablando de una fuerte disputa entre traficantes y el orden, pero la realidad era, que no había policías o militares aquella noche del 15 de agosto de 1975, que no había cuerpos dados por muertos a causa de balas o cuchillos, vidrios o golpes; aquella noche todos había muerto a causa de mordidas de caimán, de rasguños de uñas largas, de golpes de una especie de látigo demasiado grueso para ser látigo y demasiado grande para ser San Martín. Solo sobrevivieron dos, por miedosos, que se fueron antes de ver a la bestia, que aseguraron ser víctimas de un reptil de proporciones bíblicas. Claramente su testimonio no fue parte de lo retratado por el periódico esa mañana.

En medio del ajetreo y la corredera de los militares, la policía y el invisible alcalde de Tadó; Carlos aprovecho el escándalo para seguir nuevamente su inspección. Espero que la noche volviera a caer para escabullirse, buscar aquella gruta de piedra que estaba río abajo y era su hogar. A diferencia de las demás noches, la lluvia no gobernaba aquella oscuridad tranquila, pero el viento parecía inquieto, como si hablara, como si murmurara voces de llenas de afugias y angustia, temerosas de que lo que en la gruta yace se le dé por cobrar más víctimas. Pero no fue las únicas voces que escucho, al llegar al río, volvió a escucharle al pequeño Pataló; no dejaba de advertirle que diera media vuelta y regresara a su casa con su madre, que la vida debía vivir sin estar metido donde las bestias se acuestan y destrozan a los demás. Carlos decidido a encontrar a su padre, no le escucho, siguió firme su camino sin titubear, muerto de miedo y temblando sin parar, con el corazón en la mano y lágrimas en los cachetes. Se fue directo sin pensar más que en jugarle una trampa al monstruo, al caimán.

– Vengo a negociar, no quiero morir hoy, solo quiero que me devuelvan a mi padre y buscar como pagar para que siga vivo; que nos dejen ir, para jamás volver al río y poder seguir estando llenos de amor por las aguas de un río que debería ser vida y ahora es dolor…

Rugió la tierra bajo sus pies y de la oscura gruta el feroz aliento del monstruo le resoplo en el rostro, las pisadas firmes retumbaban una tras otra. El pequeño Pataló se quedó callado por primera vez en todo el viaje río abajo hasta la gruta, se sintió como el ambiente se hacía pesado y espeso; como si la felicidad que aún se podía oler se hubiese esfumado. Tiritando Carlos se mantenía erguido sin saber cómo, mientras las lágrimas del miedo brotaban de a una en una, escurriéndose temerosas por su rostro. De en medio de la oscuridad cavernosa se vio entonces, la enorme bestia que en dos patas andaba y que, con el cuerpo de un hombre escamado, dejo ver su rostro de reptil endemoniado, mientras la cola larga de caimán le ayudaba a mantenerse en pie. De ojos rojizos como la sangre se dispuso a soltar un bostezo seguido de un gruñido que le helo el alma al pobre niño, poniéndola de gallina la piel. Como si se fuera a morir, le miro a los ojos y le hablo directamente, sollozando y tratando de seguir firme. Pidió que le diera a su padre sin rasguño alguno y que a cambio él le daría algo por su padre, lo que él quisiera.

La enorme bestia rugió aún más fuerte, tomando el acordeón de cuernos se dispuso a tocar una melodía triste y ahí, cuando la canción se hizo entendible entre nota y nota, abrió sus fauces y de ella una luz infernal se presentó como una estela, cientos de voces hablaron a la vez, sollozantes y ajadas, un aroma nauseabundo se apodero de la gruta mientras en el techo rocoso se hacían las formas de los rostros desgraciados y casi muertos. Cantaban todos a la vez, y esa canción era lo que el monstruo siempre deseaba, una voz por otra voz, un alma por otra alma que le permitiera cantar sus desdichadas melodías. Fue entonces que se agacho y le dejo ver a Carlos dentro de sus fauces, que parecían un limbo peor que los anillos de Dante. Ahí estaba Petronio, atrapado en un mundo dentro de la bestia, un mundo de horrores y torturas, todos los que habían sido sus presas, enterrados en montículos de arena, siendo torturados por pequeños cangrejos rojos que les picaban la nariz, los ojos y las orejas, la arena caliente como el agua hirviendo; solo se dejaba a la vista sus rostros asustados y suplicantes, quemados y resquebrajados; entonces entono la melodía.

“Tres días para ser salvado,
De ser un errante eterno,
Que a mí me pagan con el cuero,
Con el alma y el aliento.
Una vida y voz para que se salve el viejo,
De morir siendo canción,
 sufriendo en este infierno…”


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