Ya no es nuestro. Otros lo habitan. Otros lo han inundado con sus risas y sus lágrimas. Otros habrán colgado en sus paredes otras fotografías y otros sueños diferentes a los nuestros y una paleta de colores extraños pinta el paisaje del que alguna vez fue nuestro microcosmos. En el aire se respira otro aroma distinto al de la sabiduría ancestral de la abuela creando magia en la cocina. Ya no resuenan los pasos del padre imponiendo su autoridad resistente a la ternura. Ya no hay rastro de nuestros días felices, de las visitas en navidad, de las tardes inundadas de café, pan y melancolía y cada partícula de nuestros recuerdos quedó oculta bajo capas de pintura que en silencio gritan que algún día estuvimos aquí.
Ya no es nuestro. Hace muchos calendarios ha dejado de serlo: a otros les pertenece.
Y sin embargo nos habita por dentro y mantiene su fuego encendido a perpetuidad sin importar a dónde la vida y el tiempo lleven nuestros pasos…
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