Por: Jean Carlos Arenas Parra

Conforme va transcurriendo el tiempo
se van empezando
a acumular los recuerdos,
las cosas, los rencores,
discursos inútiles,
alguno que otro contacto y las fotografías
y entre los pliegues de la memoria
surge un escozor terrible,
una pestilencia
que amenaza con ser
veneno letal para el espíritu.
Ni siquiera
el jabón y los perfumes
resultan eficaces
para eliminar de la memoria,
del corazón, del armario
y hasta de la piel
hasta el último rastro
que puedan llegar a dejar.
Tan solo queda
abrir las puertas y las ventanas,
dejar que el aire
arrastre lejos la oscuridad y la peste
de la que el mundo
me impregna por doquier
(y aunque contaminado
cumple con su función),
tomar distancia,
quemar las fotos
y echar al destierro absoluto
discursos, ideas y contactos.
Tal vez y solo tal vez así
pueda sentirme libre y más ligero,
sin temores, dolores, culpas ni dudas
carcomiéndome lentamente,
sintiéndome renovado y liberado
del insoportable peso
de lo que ya no es
ni podrá ser
y haya cumplido (realmente)
con el sagrado deber
de la higiene personal.
Tal vez y solo tal vez así
esté realmente dispuesto
a abrazar mejores horizontes.

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